Puros cuentos... y relatos

Gorrito de Cumpleaños

A Gonzalo lo conocí cuando éramos muy chicos. Tan chicos que nuestras primeras interacciones iban de quitar el juguete que el otro tenía, sin intercambiar palabras, más allá de un altisonante ¡Mío! Acompañado de gritos o llantos, según mamá.

Apenas unos meses mayor que yo, Gonzo se convirtió en mi ejemplo a seguir. Fue siempre el orgullo de su madre, el ideal de los maestros y el sueño de las niñas, adolescentes y jóvenes, según la edad que íbamos atravesando.

Él el popular y yo fui conocido siempre como el amigo de Gonzo.

Lo curioso es que ni siquiera tenía buena pinta, digo… de mejor ver que yo sí que siempre fue, pero casi cualquiera es de mejor ver que yo, que escondo mi físico, carente de simetría, tras chistes malos y el brillo de mi amigo.

Cómo le hicimos, no sé, pero llegamos a adultos conservando la amistad.

Él lleva cuentas importantes en una empresa de mercadeo, yo soy operario en una fábrica, o más bien supervisor de operarios, pero no se me da bien presumir mi puesto que solo significa que el jefe me confío un poco más que a cualquier operario.

El otro día Gonzo me llamó preocupado.

—¡Ya valió madres todo! — me dijo.

Su tono era de angustia. Le dije que se tranquilizara y me explicara qué le pasaba.

—¡Se me está cayendo el pelo!

Se me heló la piel y estoy seguro que dejé de respirar por mucho tiempo.

No se me venían palabras de consuelo, y el problema con ellas no solo es que sean adecuadas, es que tenés que decirlas de modo que no suene a cliché y en el momento justo, porque si tardás es que lo decís solo por decir.

—¿Es mucho?

—Se me ve el agujero, como del tamaño una ficha grande.

¡Pobre!

—¡Bueno Gonzo, no se termina el mundo, capaz es solo temporal! —Yo sabía que sí se le terminaba el mundo y que solo 1 de cada 100,000 casos es temporal, el dato lo inventé, pero si me preguntan diré que lo obtuve de un documental del Nat Geo.

—¡No sé qué hacer!

Nunca le escuché tan mal, o quizá sí en alguna borrachera, que por obvias razones no sería capaz de recordarlo.

—Mientras averiguás qué hacer, tapálo. Ponéte una gorra.

—Es muy obvio, me van a preguntar que por qué uso una.

—Un sombrero.

—¡No jodás!

—Bueno no sé, ponéte algo. Igual o explicas lo que llevés encima o el vacío.

Dijo que buscaría qué encontraba para ponerse y que me contaría después. Se le hacía tarde para el trabajo.

Yo quedé angustiado y preocupado por él y ansioso porque me contara cómo le iba. No quise preguntarle durante el día porque adiviné que andaría sensible, así que esperé a la noche. Fue él el que llamó primero.

—¡Qué día de porquería!

—Estarás exagerando.

—Decime vos: fui víctima de cualquier cantidad de miradas y bromas, me despidieron y Saraí terminó conmigo.

—¡Dejá de joder! Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—No de forma directa, supongo.

—Explicá.

—Busqué y no tenía nada que ponerme, lo único que encontré fue un gorro de cartón, de estos que dan para los cumpleaños… y…

—¿Cómo y? ¿Qué tontera hiciste, Gonzo?

—Pues me puse el gorro y fui a trabajar así.

—¡Cómo sos de pendejo!

—¡Aha, vos también!

—Disculpá, pero es que…

—En la calle se me quedó viendo todo mundo y desde que parqueé en la oficina todos empezaron a hacer sus bromas. No hubo uno que contuviera la risa. Bueno sí, Raquel ¿te acordás de ella? Bueno, ella me preguntó que qué hacía con el gorro…

—¿Y qué le dijiste? ¿Le confesaste?

—¡Estás loco? Tanto tragarme las burlas para soltar una confesión así porque sí. Solo le dije que me pareció adecuado.

—¿Y?

—Al final se rio también.

Guardé silencio.

—A la tarde me llamó mi jefe, Lucas. Me dijo que como broma había estado bueno, pero que aquello era una oficina y que me tenía que quitar el gorro, en ese mismo instante.

—¿Le confesaste?

—Dale con lo mismo, no, no lo hice, ya era muy tarde.

—Pero se lo pudiste decir sólo a él.

—Es que me sentí ofendido. No fue por el agujero que tengo, fue mi dignidad ¿Entendés? ¿Cómo así que no puedo usar un gorro? ¿Qué daño hago? ¿No tengo derecho acaso a vestirme como quiera?

—¡Pero un gorro, Gonzo!

—Lo que sea, me negué… y me echó nomás. Que por la imagen de la compañía.

—¿Así sin más?

—Después que le dije que tenía pensado usarlo todos los días.

¿Qué se dice a una cosa así?

—¿Y Saraí?

—Lo mismo. Nos juntamos, le dije lo del despido, le expliqué las causas, me dijo que era un idiota y que me quitara el gorro, que la estaba haciendo pasar vergüenzas, me negué y le dije que me lo iba a poner todos los días y terminó conmigo. Así nomás.

—¿Así sin más?

—Ahora soy desempleado, soltero y un hazmerreír.

Le invité a unas cervezas para que se desahogara, pero aceptó hasta el día siguiente.

Fue incómodo andar con un adulto y su gorrito de cumpleaños. No importa lo bien o mal que te veás, lo bien o mal que vistás, si sos guapo o un adefesio, o lo bien o mal que tengás distribuidas las libras de más por todo el cuerpo, el del gorrito gana por goleada, todos le voltean a ver y se ríen.

Lo que hacía, cuando se descuidaba, era hacerle señas a la gente de nuestro alrededor, tratando de explicar que andábamos celebrándolo a Gonzo, se reían y un poco de tranquilidad me volvía.

Claro que después tratá de explicarlo cuando vas al cine, a un partido de fútbol o a un velorio.

Gonzalo se aferró a sus gorritos de cumpleaños. Lo andaba siempre y para cualquier lado. Inició un blog, creo que se llama: derecho al gorro punto com, o algo así. Inició un movimiento donde él y otros tres locos se paraban con pancartas frente a cualquier institución del gobierno y hasta presentó una iniciativa de ley para que usar gorrito de cumpleaños no fuera causal de despido.

Su idea le trajo soledad. No muchos quieren andar con él y trabajo, lo hace desde su casa, todo relacionado con Internet.

Yo le quiero y trato de animarle, pero solo un amigo no es suficiente para su vida, es decir, para el tipo de persona que siempre fue.

Años han pasado y Gonzo sigue igual, con su ficha de vacío en la cabeza a la que cubre con un gorrito de cumpleaños. Solo que ahora se preocupa porque combine con el resto de su atuendo.

Hoy temprano he enviado varios correos y llamé a alguna gente que aprecio para despedirme, aunque mucho no me entendieron. También encargué una caja de gorritos, de distintos diseños, que conseguí en Amazon. Los califican de cuatro estrellas y los comentarios son buenos.

Ayer mientras me peinaba se me vino un molote de pelo y, creo que ha llegado el momento de acompañar a Gonzalo en su solitario camino.

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El escritor

Celebrando ciclos

Tengo la sospecha que, como uno más de los ingenuos que creen en ciclos, los escritores, en especial quienes tenemos duda de serlo o no, aceptamos que con un nuevo año se abren puertas de esperanza para nuestras creaciones literarias.

Hoy, uno de enero, renace la ilusión. Las ideas emergerán como retoños de plantas en lugares inhóspitos. Las dudas desaparecerán porque pocas cosas son tan efectivas como una resolución de año nuevo.

Este año seremos mejores en lo que tanto nos apasiona. Aprenderemos a dejar de lado los adjetivos porque para todo hay una palabra adecuada, aunque luego hay que tener cuidado de no sonar petulante con el uso de palabras presuntuosas. Acortaremos las frases para decir lo justo sin aburrir al lector y lograremos tenerle al borde del respiro con nuestra habilidad para mantenerle intrigado. Por supuesto seremos creativos, audaces y originales.

Desde principio de año estaremos escribiendo y escribiendo porque es lo que todos recomiendan hacer, aunque James Patterson pueda enseñarte a escribir con unas pocas lecciones en línea y por tan solo noventa dólares.

Este año sí terminaremos la historia esa que alguna vez se nos ocurrió y casi es seguro que terminemos ese libro que parece no querer avanzar.

Eso hacen los ciclos, renuevan esperanza y por alguna razón misteriosa, las fuerzas.

Acaso la parafernalia positivista de que todo queda en el pasado de un calendario que yace derrotado y la abrumante muestra de optimismo y buenos deseos para el nuevo año, que, por como se habla de él, casi parece tener vida y voluntad propia.

Así de predecibles somos los seres humanos que tratamos de escribir historias impredecibles.

Así de simples somos las personas que tenemos la habilidad de hacer complicado lo simple.

Así de mucho necesitamos los ciclos, esas fórmulas mágicas que nos ayudan a continuar alimentando las ilusiones.

Yo, al menos, no pude evitarlo, y me dije: “Este año sí”.

Hoy, primero de enero a las nueve de la noche, sé que me mentí y que decirlo no sirvió de nada. Pero por un momento, por un pequeño instante creí que podía ser cierto y sonreí.

Mis finales de ciclo marcados por calendario me sirven, sobre todo, para sonreír.

Saludos

Yada Yada Yada

Allá por septiembre de 1976

Ahondando más en la curiosidad, que siempre es posible, decidí que no me interesaba tanto lo que pasaba en el mundo en la fecha que yo nacía, porque nada puede ser más importante para uno en esa fecha que haber nacido, sino lo que pasaba cuando mis padres tuvieron el infortunio de concebirme. Vamos… que no lo digo peyorativamente, pero planeado sé que no fui.

Ahora que Google lo sabe todo y que le sigue ganando la partida a Siri, más por costumbre que por facilidad, me fui a buscar los hechos que ocurrieron en el ya lejano septiembre de 1976.

Dos temas ocuparon la página de resultados.

El primero se dio el 12 de septiembre en la ciudad de Rosario, la misma en donde nació Messi, así que pensé que algo podría haber de interesante por ahí. Ocurrió en un encuentro futbolístico entre Rosario Central y Unión de Santa Fe —¡Listo… algo relacionado con el fútbol, pensé.

Aquella noche murieron 11 personas, 9 policías y 2 civiles, en un atentado terrorista perpetrado por el grupo Montoneros, tras explotar una bomba de origen vietnamita —Origen que mucho no importa, pero que da realce a la nota, porque así de raros somos.

En aquella fecha Edgardo, Hugo, Oscar, José María, Juan Domingo, Andrés e Irene, entre otros, dejaban de existir, mientras yo me estaba haciendo de una existencia en el planeta.

A otra cosa que eso es deprimente y lamentable, me dije.

Cuatro días después ocurrió un hecho al que se le llamó: la Noche de los Lápices.

De nuevo nos vamos a Argentina, ahora en la ciudad de La Plata. El 16 de septiembre dio inicio una serie de diez secuestros y asesinatos a estudiantes de secundaria. Un acto de represión de la dictadura cívico-militar de aquel país. Ahora eran Claudio, Gustavo, María Clara, Pablo, Patricia, Emilce y Daniel, entre otros, casi todos de 18 años o menos, quienes, después de ser torturados, dejaban este mundo, mientras yo empezaba mi lucha por llegar a él.

Hoy lamento mucho que mi padre no tuviera a mano su Twitter para dejar evidencia de su opinión, sus chistes o su indignidad por aquellos hechos, o aunque sea los retuits que le parecieron interesantes. O sus párrafos y memes dejados en su muro de Facebook. ¿Por qué? pues porque siempre se puede ahondar más en la curiosidad.

No sé cuánto tomaban las noticias en llegar y si daba chance de lamentar todos en conjunto, como hacemos ahora, o eran lamentos en privado. A lo mejor no se enteró y estaba más ocupado en sus propios menesteres, que iban más acorde a la juventud por la que estaba atravesando.

Lo cierto es que el nuestro es un mundo irónico, si le analizamos, e indiferente a nuestra existencia, si solo le vemos ser.

A la próxima que quiera indagar en Google quizá deba hacerlo como todos y fijarme solo en lo que pasó en la fecha de mi nacimiento, o quizá no. ¡Cómo saberlo?

Diálogos

Diálogo, 31 de octubre, 2016

—Dicen que la felicidad no consiste en tenerlo todo sino en no desear nada.
—Se equivocan.
—Pero lo dijo Séneca.
—Séneca se equivocó.
—¿Cómo puedes ser tan altanero?
—Eso es muy fácil, pero asumo que tu pregunta está mal planteada.
—Es cierto, no era pregunta. De cualquier forma, se requiere demasiada soberbia para afirmar que Séneca se equivocó.
—Se requiere sentido común. En la vida vas deseando siempre, así sea desear el placer y el gozo que te brindan las cosas que ya tienes, de lo contrario no tiene sentido tenerlas y la existencia sería ínfima posesión.
—Pero…
—Lo sé, suelo caer mal… Es culpa de la altanería.

Puros cuentos... y relatos

Caldo de Res

El comedor estaba a media luz, no recuerdo si porque la iluminación era mala o porque mis padres habían decidido que aquel era un gasto con el que tenían que tomar precauciones extremas. Sentado a la mesa solo quedaba yo. Yo y el odioso caldo de res que mi madre había preparado, consciente de que en aquel almuerzo la pasaría mal conmigo. Una de dos: a mi madre le gustaba mucho el caldo ese y aceptaba pagar el precio del disgusto o le gustaba quedar exhausta después de cantarme, de mil colores distintos, lo mal agradecido que era porque permitía que mi gusto, o como ella decía, mis mañas, tuvieran prioridad sobre todos aquellos niños que no tenían qué comer. Yo pensaba que era más efectivo echarme en cara el dinero que, de por sí escaso en casa, tenían que gastar mis padres para poner comida en mi plato, pero se ve que a los adultos les gusta creer que los niños ven las cosas como adultos y que para éstos la cara de un niño con hambre siempre da buenos resultados.

Yo movía el líquido, que cada vez se hacía más viscoso, con la cuchara, por centésima vez. Y es que el problema no era el caldo, el problema era que, a sabiendas de que no querría comer verdura, me deshacían la papa, el güisquil y el güicoy, convirtiendo aquello en un puré imposible. Mi madre pensaría que así no me daría cuenta y que lo comería sin problema, porque, ella tenía claro, que lo mío no era que no me gustara, era maña. Y de todos es sabido que la creencia de una madre es palabra santa.

La orden clara, directa y amenazadora fue no levantarme de la mesa hasta que no terminara, pero mi tiempo en realidad era limitado. El caldo de res, si no se lo come caliente, se vuelve sebo, se pone tieso y ya no puede comerse, no de forma decente al menos. Por eso lo movía, tratando de dilatar aquel inhumano y natural proceso.

Desesperanzado, buscaba lugares donde poder esconder algo de la comida, pero debajo del mantel solo se alcanza a poner una, acaso dos tortillas, si se tiene cuidado de no amontonarlas y jugar con las distorsiones provocadas por los centros de mesa. No había macetas cerca, ni servilletas que estuvieran prestas a auxiliarme. Atormentado y presionado por el peso de la desesperanza, alcancé a escuchar un sonido que me volvió a la vida, porque ningún niño tiene vida sentado a deshoras en la mesa de un comedor.

Un ronquido. Uno fuerte y claro, que no daba opción a duda, y que venía del cuarto contiguo, la única habitación de aquella vivienda que contaba solo con ese lugar, el comedor y una cocina con una pila que servía para dividir estos dos últimos ambientes.

Hacia la habitación no había puerta y el espacio de cruce no era el pequeño, ni normal. Desde el cuarto podía verse, casi en su totalidad la cocina, pila incluida. No podía cruzar aprisa, tenía que asegurarme que aquel ronquido de mi madre era de un sueño profundo. Con cuidado de no hacer el menor ruido, ni con la silla, ni con mis zapatos, ni con la cuchara, me puse de pie. Anduve en puntillas y me acerqué al final de la pared. Asomé el rostro, solo lo necesario para que mi vista alcanzara a ver a mi madre, sabiendo que si me veía era hombre, o más bien, niño muerto. Ella dormía y estaba recostada hacia el otro lado, le daba la espalda a la cocina. La fortuna me sonreía.

Regresé con la misma precaución hasta mi plato. Tomé la cuchara y la puse sobre el mantel —no me podía permitir que la cuchara hiciera ruido con el plato—. Levanté el trasto que contenía aquel líquido viscoso que tantos problemas me dio durante mi niñez, y caminé con cuidado hasta la pila. Despacio, sigiloso, con temple. Cuando estuve cerca de la habitación volteé a ver de nuevo —es mejor ser precavido—. Mi madre seguía igual.

Más confiado, pero con la misma precaución, me acerqué a la pila y comencé a vaciar el trasto, despacio para que no hiciera ruido. Oh qué dicha ver aquella representación de mi penuria, irse por el caño, desparramarse sobre el cemento que lo orillaba a salir de casa, despreciado. Luego un poco de agua, pensé, para no dejar pistas, y el plato en la mesa, para que quede de evidencia de que terminé todo, aunque me regañen por no recogerlo —aquel era un regaño menor.

Saboreando mi victoria, fui interrumpido por un ruido seco, fuerte, amenazador, que provenía de un golpe dado a menos de un metro de distancia. En mi reflejo alcancé a ver el punto blanco que el tacón del zapato rojo de mi madre dejó en la pared. Y luego el altisonante regaño de ella acusándome de estar tirando la comida. Los gritos de patojo esto y patojo aquello retumbaban por las paredes de aquellos tres ambientes. Yo volteé sabiéndome condenado:

—Pero mami —dije— solo estoy levantando el plato porque ya terminé.

—¡¿Cómo que ya terminaste?! ¡Vení para acá! ¡…!

Aquella tarde aprendí tres cosas: que las madres tienen ojos en la espalda; que los zapatazos de las madres siempre dieron con el tacón en la pared, a menos de un metro de distancia de la cabeza de uno; y que quizá debí tomarme el caldo cuando aún estaba caliente.