Yada Yada Yada

Allá por septiembre de 1976

Ahondando más en la curiosidad, que siempre es posible, decidí que no me interesaba tanto lo que pasaba en el mundo en la fecha que yo nacía, porque nada puede ser más importante para uno en esa fecha que haber nacido, sino lo que pasaba cuando mis padres tuvieron el infortunio de concebirme. Vamos… que no lo digo peyorativamente, pero planeado sé que no fui.

Ahora que Google lo sabe todo y que le sigue ganando la partida a Siri, más por costumbre que por facilidad, me fui a buscar los hechos que ocurrieron en el ya lejano septiembre de 1976.

Dos temas ocuparon la página de resultados.

El primero se dio el 12 de septiembre en la ciudad de Rosario, la misma en donde nació Messi, así que pensé que algo podría haber de interesante por ahí. Ocurrió en un encuentro futbolístico entre Rosario Central y Unión de Santa Fe —¡Listo… algo relacionado con el fútbol, pensé.

Aquella noche murieron 11 personas, 9 policías y 2 civiles, en un atentado terrorista perpetrado por el grupo Montoneros, tras explotar una bomba de origen vietnamita —Origen que mucho no importa, pero que da realce a la nota, porque así de raros somos.

En aquella fecha Edgardo, Hugo, Oscar, José María, Juan Domingo, Andrés e Irene, entre otros, dejaban de existir, mientras yo me estaba haciendo de una existencia en el planeta.

A otra cosa que eso es deprimente y lamentable, me dije.

Cuatro días después ocurrió un hecho al que se le llamó: la Noche de los Lápices.

De nuevo nos vamos a Argentina, ahora en la ciudad de La Plata. El 16 de septiembre dio inicio una serie de diez secuestros y asesinatos a estudiantes de secundaria. Un acto de represión de la dictadura cívico-militar de aquel país. Ahora eran Claudio, Gustavo, María Clara, Pablo, Patricia, Emilce y Daniel, entre otros, casi todos de 18 años o menos, quienes, después de ser torturados, dejaban este mundo, mientras yo empezaba mi lucha por llegar a él.

Hoy lamento mucho que mi padre no tuviera a mano su Twitter para dejar evidencia de su opinión, sus chistes o su indignidad por aquellos hechos, o aunque sea los retuits que le parecieron interesantes. O sus párrafos y memes dejados en su muro de Facebook. ¿Por qué? pues porque siempre se puede ahondar más en la curiosidad.

No sé cuánto tomaban las noticias en llegar y si daba chance de lamentar todos en conjunto, como hacemos ahora, o eran lamentos en privado. A lo mejor no se enteró y estaba más ocupado en sus propios menesteres, que iban más acorde a la juventud por la que estaba atravesando.

Lo cierto es que el nuestro es un mundo irónico, si le analizamos, e indiferente a nuestra existencia, si solo le vemos ser.

A la próxima que quiera indagar en Google quizá deba hacerlo como todos y fijarme solo en lo que pasó en la fecha de mi nacimiento, o quizá no. ¡Cómo saberlo?

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Yada Yada Yada

Media Maratón Cobán 2016 – Crónica

Cuando me enteré que las inscripciones estaban abiertas, no lo dudé. De renegar y hablar en contra de todo lo que tuviera que ver con atletismo, en especial de correr –Todo deporte precisa un balón, sostenía–, pasé a entusiasmarme con esto último, y la sola idea de terminar la Media Maratón de Cobán se me hacía tan apetecible, como inconcebible, sobre todo de unos seis meses para atrás.

El sábado 21 de mayo llegué a Cobán, prácticamente sin preparación alguna. Gripes y lesiones se encargaron de que no pudiera hacer los kilómetros que debería haber llevado.

Adivinaba desorden, pero no fue tal, la entrega del kit fue relativamente sencilla y tras recogerlo fui en busca de un lugar donde comer Kaq-ik –porque eso se debe comer en Cobán– y luego en busca del hotel.

Gracias a desfiles, lluvia y festejos, llegué tipo 7:30pm al hotel. Un rinconcito perdido por San Jerónimo, atorado de sapos y mosquitos, que con esmero procuran que uno no duerma nada. En donde son más las promesas de los servicios que lo que realmente ofrecen.

Luego de meses de espera, llegó el día de la carrera

3:30am: Hora de levantarse. Mi inexperiencia me hizo atrasarme con la reserva del hotel, Según yo con tres meses de anticipación era suficiente, pero estaba equivocado. Me tocó quedarme a una hora y cuarenta y cinco minutos de distancia –comprobé la distancia en mi regreso, a la noche, desde Cobán, después de recoger el kit–, por lo que toca madrugar, con tal de llegar con buen tiempo.

6:10am: Accidente en carretera. Según Waze estoy a 10 minutos de llegar a Plaza Magdalena, que es el punto de salida. Maldigo mi suerte, pero no tardo en pasar. Me disculpo con mi suerte por el exabrupto.

6:25am: Encuentro parqueo rápido en un buen lugar. Quizá es un buen día.

7:05am: Llego a mi corral de salida. No me pusieron en el último. Agradezco el gesto y me mofo del exceso de confianza de los organizadores, en mi persona.

7:28am: Las nubes nos hacen el favor de contener al sol. Saldremos con ventaja. Todo está a punto de iniciar. Nadie escucha a los anfitriones que son ignorados una y otra vez en sus dinámicas para alegrar a los asistentes. Quizá es que son muy malos animadores, Nelson Leal ha perdido el toque o todos pensamos solo en correr.

7:29am: El sol, como el caballero educado que es, hace su aparición. Las nubes se disipan y el castigo a la temperatura corporal da inicio.

Faltan unos segundos para salir. He calentado lo que caliento siempre que es casi nada. La lesión en el pie está presente, saldré con ella. Se llama Fascitis Plantar, que lo he descrito como si con el talón del pie uno fuera pisando un cinco (canica) en cada paso. Duele.

7:30am: La carrera inicia. Para mí iniciará unos minutos después, cuando alcancemos el punto de partida. Mientras voy caminando con la esperanza que el dolor en el talón desaparezca. Ese padecimiento se caracteriza por esfumarse cuando el tendón se relaja, y eso ocurre luego de dar algunos pasos corriendo o caminando.

7:34am: Doy inicio a la aplicación de mi celular que medirá mi desenvolvimiento en la carrera y con la que presumiré en redes sociales, so pena de la gente a la que le cae mal que uno publique y publique.

Empiezo a correr. El dolor no se fue.

Km 1: Estoy enojado por olvidar la rodillera. Con el dolor del pie tendré que ajustar el movimiento y eso hace que la rodilla juegue mal. Estoy en aprietos.

Km 2: Pienso que quizá debería retirarme, pero la sola idea duele en la dignidad y eso no se compara con un dolor de pie. Estoy en esa edad en donde no se es lo suficientemente joven para derrochar fuerza y en donde no se es lo suficientemente viejo para inspirar lástima o ternura. Sigo en aprietos.

Km 3:  Me dan una bolsa de agua. No suelo tomar al inicio de la carrera, pero mi preparación para Cobán ha sido tan mala que temo por la deshidratación. Al final me echo casi toda el agua en la cabeza.

Km 4: El dolor del pie desaparece. Queda en su lugar una molestia que no pretende estorbarme, solo recordarme que el problema está ahí.

Mi tiempo, hasta el momento, es malo. No importa, me digo, tengo que guardar energía para el final.

Del otro lado de la calle ya vienen unos corredores de regreso, esos que corren como si no tocaran el suelo. Según yo van dos keniatas primero, en tercer puesto un guatemalteco. Le grito ¡Vamos! Seguramente no me escuchó.

Km 5: Aparece la primera subida importante. Nadie parece detenerse y no puedo ser el primero. Es empinada pero no muy extensa. La doblego y por primera vez, en muchos días, pienso que me puede ir bien en la carrera.

Una buena persona, a la orilla del camino, regala agua. Está al tiempo, casi caliente. Agradezco igual pero no será agradable. La llevo para poder digerir mi primer gel energético.

Km 6: El gel es de un sabor que no he probado, sandía y algo más, creo. No está mal. El agua caliente no sabe bien, pero funciona. Mi plan original era tomarlo al kilómetro 8, pero el calor me da miedo.

Logro rebasar a uno que encuentro siempre en las carreras. Corre ataviado como si estuviera corriendo en el Sahara. Me cae mal por eso, o quizá solo me cae mal. Se me infla el ego.

Km 7: Un señor vestido de verde y de edad avanzada me rebasa. Hasta aquí llegó mi dignidad que tanto me preocupaba en el kilómetro 2.

Km 8: Me percato que llevo un par de kilómetros corriendo sin el dolor del pie, eso me alegra, pero me hace sufrir el contemplar la cuesta que tengo enfrente. Muchos ya caminan.

Km 9: Una mujer indígena anima desde un micrófono, saludando a los corredores por región. No escucho mucho porque ando audífonos. Debería agregar más música de AC/DC en el playlist que uso para correr.

Km 10: Lo he conseguido, mi primera meta era no caminar durante los primeros 10 kilómetros, porque eso lo he hecho muchas veces.

Mi verdadera carrera comienza ahora.

Los trabajadores de un Car Wash salen a rociarnos de agua con sus esparcidores. Agradezco el gesto y pienso que quizá mi reloj “inteligente” y mi celular “inteligente” hayan pasado a mejor vida.

Si logro terminar la cuesta quizá logre llegar… Sobre todo si es bajada… y voy rodando.

Km 11: Es el kilómetro más aburrido de todos… es casi plano. No todo puede ser perfecto.

Ahora anima uno del ejército. Desde el micrófono y a la orilla del camino hace sus comentarios. Qué heterogéneo el grupo de animadores de esta ciudad, pienso.

El gel de ahora es de cereza o intenta serlo.

Km 12: Un niño me rocía con el líquido que tenía en una botella de agua pura. Sospecho que es horchata. Mi primera reacción es considerar malvado al niño… si lo pienso con más calma, pienso que el niño es realmente malvado. ¡Un…! Debo calmarme.

Km 13: Más cuestas.

Un señor sostiene un rótulo que dice algo como: “Corran, corran, al final los espera una Gallo”. Me parece gracioso, pero estoy muy cansado para reír.

Km 14: Pienso que la gente que grita a los alrededores ha de estar igual o más cansada que yo. Creo que pienso eso por el calor.

Hay una persona repartiendo trozos de banano. Lo tomo, lo pelo y me lo como, porque pienso que me vendría bien no sufrir un calambre.

Vuelve el dolor de la planta del pie.

Paso tocando un cartel de esos que tienen dibujado un botón y que dicen “Toca para energía”. Siempre me pareció una pelotudez, pero una pelotudez muy tierna. Lo toco por agradecimiento.

Km 15: La gente reparte limón y no logro recordar si el limón era bueno para algo. Luego recuerdo que suelen dar naranjas al final de las carreras, ha de servir. Demasiado tarde, el limón quedó atrás.

El primer aviso de calambre llega sobre mi rodilla derecha. No me doblega, pero el músculo está tenso. Cualquier mal movimiento y será doloroso. Doy mis primeros pasos caminando, pegándome en la pierna.

Falta poco más de una cuarta parte para terminar la media maratón. En carrera los esfuerzos se cuentan en quebrados, no importa el denominador, siempre que no sea 21.

Km 16: En una tienda venden Tayuyos. Para entonces ya tengo hambre y quisiera parar a comer unos. ¡Los frijoles son lo más!

Corro pensando que si llego al 18 sin calambres habré mejorado mi marca de la MaxTott. En aquella los calambres aparecieron al 17.

También corro pensando que no soportaré la cuesta que tengo al frente.

El gel de ahora es el de siempre, de chocolate.

Recuerdo la frase “Un paso más es un paso menos”. No me da aliento y más bien empiezo a odiarla.

Km 17: No soporté la cuesta. A la mitad voy caminando de nuevo. El calor es insufrible. Ya hay menos gente animando a los costados, quizá por lo mismo. El tipo que me cae mal quizá me rebasó, no lo he visto, ya no importa.

Después de la subida me he propuesto no detenerme hasta el 18, porque no quiero calambre. Debo mantener la misma velocidad, una alteración en el ritmo o en el movimiento puede ser fatal para mi pierna.

Km 18: Nomas cruzarlo y el músculo se me ha puesto tenso de nuevo. Me acerco a una banqueta para pegarme en la pierna. Lo he hecho tan fuerte que me queda aguada y el músculo no cede. Debo seguir. Ahora corro con dolor y la pierna aguada. Escucho vítores en mi cabeza, nada halagadores.

He mejorado mi marca de calambres.

A media cuesta una señora, ya de edad, reparte banano. Pienso que me vendría bien, pero la señora lo entrega sin cáscara y en la mano. Maldita sea mi delicadez. Paso de largo sin recibir el obsequio, solo sonrío en agradecimiento.

Necesito un trasplante de pierna… o aprender a correr. Cualquiera de las dos cosas me vienen bien.

Km 19: Toca bajada. El músculo sigue molestando. Tengo que acercarme al arriate. Pongo mi pierna sobre un pequeño muro y dispongo a pegarme. Una espectadora me sugiere que alcance a un señor que lleva Cofal. Del otro lado del arriate aparece un señor que se está aplicando. Me regala y me dice que frote de abajo hacia arriba. No hay efecto, pero quizá después ayude. Debo seguir.

Km 20: En éste se alcanza la línea de salida, pero el final de la carrera está en el estadio. Una crueldad de los organizadores.

Un señor muestra sus dos medallas, mientras da gritos de ánimo: la del año pasado, una C, y la de este año, una O. Si se corren las cinco carreras consecutivas se podrá formar la palabra Cobán con las medallas que son piezas de rompecabezas. Si tengo suerte podré formar “OBÁN”, pero la O está en riesgo.

Tras cruzar la línea de salida camino otro poco. La respiración y las fuerzas no están del todo mal, es el músculo. No quiero calambre y debo guardar algo de fuerza para entrar al estadio, después de todo quizá aún haya cámaras de TV. Me alcanza para reír de mi ocurrencia.

Recuerdo las palabras de Murakami en su libro: “Vine a correr no a caminar”, qué bien que se leen, pienso, pero aplicarlo es otra historia.

Entro al estadio y, como siempre, parecen enormes cuando uno anda con 20 kilómetros a cuestas. Hay que recorrer la mitad de su diámetro y hay que hacerlo corriendo. Cualquiera entiende de caminar antes, pero no en los últimos 500 metros. Mi correr más se puede describir como una arrastrada de pies, pero estoy corriendo. Quizá si me esfuerzo logre entrar entre los primeros nueve mil.

Km 21: El lugar de la entrega de medallas y fruta está muy lejos. Ya no quiero moverme. Me duele todo.

Es momento de tomar fotos, reír, contar lo difícil que fue. Agradezco a mi familia, que me ha acompañado, por estar aquí y por apoyarme las semanas previas.

La rodillera no fue necesaria.

Tengo que hacer tres kilómetros de regreso del estadio hasta el parqueo. ¡Qué injusta es la vida!

*****

De toda la experiencia, aparte de la satisfacción y los dolores que ando, me han quedado dos cosas totalmente claras:

La primera es que seguramente no estoy hecho para este tipo de actividades y que debería considerar apartarme de ellas.

La segunda es que el próximo año buscaré hotel con más tiempo de anticipación.

Yada Yada Yada

Necesidad de necesidades

Dice mi esposa —me dijo— que quienes tienen un blog tienen una enorme necesidad de comunicar. Yo le vi incrédulo —aunque creo que más parecía alguien a quien habían cachado viendo algo que no debía en la computadora, en horario de trabajo, un viernes, mientras se toma café— y deduzco que, por su reacción, pensó que no me había agradado su comentario. Por lo que añadió que su esposa es psicóloga y que sabe de esas cosas, insistiendo: “Fue ella quien lo dijo”. Mi primera reacción fue negarlo, aunque en su momento no supe por qué. Tras unas horas de darle vuelta al asunto (hoy día sigo pensando en esas palabras cuando estoy por publicar), llegué a la conclusión, obvia, de que el problema radica en esa palabra que tanto problema da y que tan vulnerable lo puede llegar a poner a uno. Hablo de la necesidad.

Hoy, precisamente, me acordé porque tengo la intención de escribir, pero no es cierto que tengo la necesidad de hacerlo. No me es urgente. No pasará nada malo ni dormiré mal por la noche si no publico. Después de todo este es un sitio que muy pocos de ustedes visitan y de comunicarles pues, no les he contado nada más que la opinión de una esposa psicóloga a quien nunca conocí, aunque siempre la recuerdo (en mi memoria no tiene rostro pero es colocha de pelo negro y se ríe sarcástica cuando le dice a uno: necesitado).

“Tengo necesidad de escucharte”, dice el enamorado; “Tengo necesidad de sentirte en mis manos”, comenta el libidinoso; “Tengo necesidad de comprarlo”, el impaciente; “Tengo necesidad de enterarme”, el curioso (metiche); “Tengo necesidad de un chocolate”, el goloso; “Tengo necesidad de saber de esa persona”, el ansioso; “Tengo necesidad de poesía”, el que añora emociones; “Tengo necesidad de una cerveza”, el parrandero; “Tengo necesidad de reconocimiento por parte de personas que apenas conozco o cuyas vidas no me importan”, dice el… no, eso no suele decirse, pero hay quien así lo siente y de acuerdo a ello vive.

La necesidad como excusa para sentir, contar y hacer. La necesidad como justificación de conductas poco apropiadas o dañinas y como mitigador de culpa, porque el control de una necesidad —se engañan— escapa de las manos, escapa de la razón y suele escapar de la fuerza de voluntad.

Tengo las sospecha, sin prueba alguna, que Napoleón sentía la necesidad de conquistar el mundo, Chavez de mostrarse inteligente, y Molina de presentarse en la radio a contestar, de forma magistral, preguntas incómodas. Ninguno de ellos lo logró.

Los que escribimos no tenemos necesidad, tenemos ganas y deseos de hacer algo, como pasa a todos y con todo. No obstante voy a dejar hasta acá… De pronto sentí la necesidad de no seguir escribiendo.