Puros cuentos... y relatos

En Santa Laura

Santa Laura era un pequeño y colorido pueblo que destaca solo por ser muy normal y muy común, tanto que, para ser excepcional en aquel sitio, había que serlo guardando formas normales y comunes.

Creció con la certeza que a casi todos domina, de que había nacido en el sitio adecuado para ella. Se identificaba con cada calle, con cada casa y con cada árbol que allá crecía, como si hubiesen sido creados, exprofeso para ella.

Su vida solo cambió cuando enviudó, por una extraña enfermedad que no tuvo piedad de su esposo, tras lo cual, encontró refugio en los pocos libros que él poseía, a los que antes veía con desdén.

En una ocasión, tras ver el anuncio pegado en un poste de luz, fue a un club de lectura, acompañada de su entusiasmo y su timidez. Hablarían de La Metamorfosis y sintió dicha de poseer aquella historia de Kafka a la que, como todos sus libros, había leído una y otra vez. En la sala todos comentaban la maestría del autor para transmitir aquel fuerte mensaje, crítica de una sociedad autoritaria y burocrática, en la que no es permitido, como hoy día, ser diferente. Otros hablaban de que aquello obra no era sino la salida a luz de una personalidad que Kafka se guardaba para sí, que tenía que ver con su identidad judía, y otros que aquello era autobiográfico. El debate utilizaba palabras extrañas y mucha imaginación. Hasta que llegó su turno. Notaron que asistía por primera vez y, acaso con mala intención, preguntaron su opinión de la obra con ojos acusadores. La viuda, titubeante, contestó que Gregorio debió marcharse cuanto antes de casa, porque de nada sirve quedarse en un sitio donde no vas a ser bien tratado o donde te tratarán con lástima.

Una turba de risas arremetió contra ella. No le perdonaron que se atreviera a criticar la obra, ni a contradecir la narrativa de Kafka. Se hundió en su asiento y casi logró desaparecer a la vista de todos.

Años han pasado desde aquel mal incidente, y hoy día se sienta, elegantemente vestida, en una banca de la plaza central del pueblo. Apenas se mueve cuando el viento, que juega con sus ropas, le desacomoda la falda, mientras sostiene en manos un libro que unas semanas después del bochorno del club de lectura, apareció en su buzón.

El libro se titula El Libro de la Imaginación, y tiene las hojas totalmente en blanco. Ese es el que lee, en él se pierde por horas, descubriendo mundos y acompañando personajes. En él encontró los más grandes placeres que la literatura es capaz de dar.

Averigua de que va algún libro, porque escucha, porque lee la contra portada o porque la historia es de dominio popular, pero ella, mientras va devorando las páginas en blanco, va hilando la trama a su manera, a su antojo, a su gusto.

El otro día leyó El Principito y cuando llegó la hora de pintar el cordero, aquel era un cordero que cubría un edificio de tres pisos, engalanado de colores y una espléndida sonrisa y el sombrero sí era un sombrero. Cuando leyó a Lewis Carroll, entrar a aquel mundo fue una tarea sencilla, pero donde Alicia tuvo problemas fue en la guerra de los del norte contra los del sur y, lamentablemente, la protagonista muere. Cuando recorrió Crimen y Castigo Raskólnikov terminó como juez y la prestamista salvó la vida luego de ser atacada, para después pagar el castigo del crimen de la avaricia, abandonada a su suerte en el exilio.

Nunca le faltan historias por leer y si tiene oportunidad relee la misma, pero alterando la trama, porque es más divertido.

Así pues aquella excepcional mujer habitaba el muy normal y muy común pueblo, sin que nadie notara su excepcionalidad, a no ser que alguien se acercara a cuestionar sobre su afición por aquel curioso libro, a lo que siempre contestaba que, después de todo, quién necesita tanto crítico literario y tanto sabiondo que le venga a decir a uno cómo ha de ser disfrutada la literatura.

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El Pueblo

Obscurecía, y aquello era un obstáculo más que debía sortear. Me encontraba en busca de un amigo —o uno que lo fue—, porque me debía dinero. Lo último que supe de él fue que había regresado a su pueblo de origen y me dieron indicaciones de cómo encontrar su casa, o más bien, del lugar por donde creían que estaba, porque le habían visto ahí con frecuencia.

Más adivinando que con certeza, me detuve, recostado en un poste, y esperé. Esperé como bobo; esperé como espera quien ha perdido la esperanza; esperé, cigarro en mano.

A mi izquierda, al otro lado de la calle, se abrió una puerta por la que vi salir un pequeño perro, que parecía querer llevar la delantera a otro un poco más grande que salió después. Luego apareció una mano: ¡Su mano! La cual detenía las correas.

La mano pertenecía a una mujer cuyo encantador gesto daba la impresión de siempre estar sonriendo.

No sé decir si fui cautivado por su rostro, por aquella sonrisa perenne, por los colochos que hacían un remolino de largos hilos negros en caída , o por su gracia al mover.

Encaminó hacia el parque, por donde esperaba ver llegar a mi amigo. Caminó dos cuadras y viró a la derecha, perdiéndose de mi vista para, luego de varios minutos, regresar por la ruta del parque.

Estoy seguro que no notó mi presencia. Muy al contrario, yo examiné a detalle cada uno de sus movimientos. Cuando cerró la puerta me fui del lugar.

Pasados unos días seguía pensando en aquella dama y decidí que debía volver a hacer el esfuerzo por recuperar mi dinero.

Mismo lugar, misma hora, misma puerta, mismos perros, misma belleza, mismo giro a la derecha y mismo regresar por el parque. Un calco con igualdad de placer que la experiencia original.

Mientras esperaba por ella, los cigarrillos parecían desaparecer entre mis manos.

Decidí quedarme en el pueblo. Encontré hotel y dije que estaría por una semana.

Los subsiguientes días todo se repitió. La echaba de menos cuando viraba a la derecha y me regocijaba cuando la veía aparecer desde el parque. Solo cambiaba la ropa que portábamos y mi sitio de espera, pues procuraba no situarme siempre donde mismo, cosa de no asustarla, si acaso llegaba a notarme.

El fin de semana no la vi y esa punzada hiriente que se produce al extrañar, no me dejó en paz, por lo que decidí regresar a casa y hacer arreglos para volver al pueblo por más tiempo.

Pasaron tres días desde mi regreso a aquellas particulares calles, en los que repetimos nuestra rutina, y me dije que era momento de arriesgarme. La encararía. Le contaría los motivos por los que la vi la primera vez y cómo había quedado esclavo de su presencia. Quizá se asustara, pero tendría paciencia para explicar. Después de todo, aquello se antojaba una bonita anécdota que compartiríamos a futuro.

Me puse mis mejores ropas y fui a la misma hora, a la misma calle. La vi salir con sus perros, quienes jugaban como lo hacían siempre, y portando consigo su cadente caminar.

Dejé que se alejara un poco y me dispuse a seguirla, para enfrentarla con su destino cuando llegara al parque, porque rodeada de gente quizá no sentiría temor.

Avanzó unos pasos más y giró a la izquierda.

¡¿A la izquierda?!

Retrocedí mis pasos hasta el hotel. Tomé mis cosas y de noche abandoné el pueblo para no volver jamás. Después de todo, la recuperación de aquel dinero solo me interesaba por orgullo, y soy perfectamente capaz de tragármelo.

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A diario

Abrió los ojos y en  acto reflejo se sentó en la cama, con los pies en el suelo. Como siempre, se había anticipado a los gallos que anunciaban el amanecer. Encendió la radio que acompañaba su rutina matutina, escuchando clásicos de los años sesenta. Al poco estaba bajo el agua fría, tomando un baño tal cual hizo siempre.

Se ajustó los pantalones anchos de cintura y abrochó hasta el último botón de su impoluta camisa. Los zapatos bien lustrados y un raído sombrero que le acompañaba desde hace años, porque ya no los hacen como antes.

La luz se presentaba apenas tímida cuando salió de casa. Cerró con llave y comenzó la diaria caminata por aquellas calles de polvo y piedra, hacia las afueras del pueblo.

Tras los primeros pasos se topó con doña Graciela, quien para entonces ya colocaba el mantel sobre una mesa que sostendría la oferta de panes con frijol y café, que con suerte la proveerían del sustento de aquel día. Como siempre le dio los buenos días e inició el dialogo de siempre, sin que don Beto detuviera sus pasos:

—¿Y hoy hacia dónde se dirige, don Beto? —preguntó por cortesía y no porque en realidad deseara la respuesta.
—Como siempre, doña Graciela, a donde los pasos me dirijan.
—Ojalá sus pasos sean sabios.
—Ojalá hoy sí lo sean, ¡Que tenga buen día!

Su gesto de cortesía dejaba en pausa la charla hasta el día siguiente, si acaso el tal aparecía para ambos.
A sus 79 años, su andar era lento, pero su postura se mantenía erguida, gallarda. Nunca veía para abajo y más bien se mostraba altanero, como quien se sabe dueño del miedo ajeno, pero su sonrisa, siempre presta, daba al traste con el personaje.

Conocía de memoria los perros callejeros que se acercarían como brindando un saludo por educación, y a los que seguirían de largo como si los humanos no existieran. También reconocería los rostros de niños y el de aquellos a quienes el tiempo iba arrancando sus facciones infantiles.

Don Beto era una personalidad en su pueblo, no por algún logro alcanzado o algún puesto ocupado, era de las personalidades que se crean solo por la fama de saber que existe. Todos le conocían, todos sabían su historia, y todos estaban enterados de sus caminatas diarias y el objetivo de las mismas.

Durante los dos primeros kilómetros se toparía al menos con dos “¡Buenos días don Beto!” más, o con tres, si aquella era una mañana particular.

Luego enfrentaría el camino solitario, dejaría atrás las manzanas pobladas, la gente yendo y viniendo y el despertar de la sociedad, para dar de frente con el suplicio de estar consigo mismo, mientras alcanzaba, exhausto por el esfuerzo, su objetivo: la vieja y abandonada línea de tren, otrora dadora de progreso, prosperidad y modernidad.

La condición climática nunca fue una excusa. Ni calor ni lluvia le detenían. Incluso se cuenta de una ocasión que, aguerrido, luchó contra el viento que llegó violento y de inesperada visita al pueblo. La gente corrió a refugiarse, don Beto no se inmutó, ni dudó siquiera por un instante, continuar con su rutina.

Al llegar se para sobre uno de los durmientes —siempre el mismo— y ve hacia el norte, donde puede contemplar cómo la flora se va adueñando del sitio.

Con la poca elegancia que los años le permiten, se queda esperando hasta por cuatro horas, hasta que las piernas duelen y las rodillas parecen flaquear, momento en el que maldice porque el tren de nuevo no vino, y emprende el viaje de regreso a casa, ahora sin la sonrisa, ahora sin los buenos días, ahora tratando de evitar todo contacto humano, para llegar con su rabia intacta a su hogar, sin perder tan siquiera un poca de ella.

Hace 37 años, Marta, su entonces esposa, le despertó temprano, con las maletas hechas y con la noticia de que le abandonaba. Beto rogó, como ruega por volver a ver, aunque sea por un instante, el rostro amado, quien ha perdido la vista. No hubo caso. Marta estaba decidida y solo alcanzó a conceder que le acompañara a la estación de tren.

Beto fue testigo de cómo aquella máquina infernal se llevaba a Marta y le destrozaba el gusto por vivir. Pero vivir se puede aunque todo sea insípido, y así estuvo por años hasta que un día decidió que era suficiente y que quería acabar con su existencia.

Tomó su pistola y decidió que haría una vez más aquel recorrido de cuatro kilómetros hasta la estación, para rememorar aquella dolorosa partida y terminar de nuevo, donde terminó su vida por primera vez.

Pero, cuando estuvo en la estación, para entonces abandonada porque el gobierno hizo caminos y el tren dejó de ser una opción rentable para los corruptos que dirigían el proyecto, sintió que algo faltaba, y era el estruendoso ruido del andar del motor y de las ruedas del artefacto al que vio perderse en el horizonte.

Entonces maldijo y se dijo que solo aquella era la forma correcta de acabar con su vida.

Desde entonces va todos los días y se para en medio de las líneas del tren, esperando que alguien decida que es buena idea despertar a aquel monstruo de metal, capaz de arrancar las vidas de unos de la de otros, esperando que sea capaz de arrancarle la propia.

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El Paquete

Ya era de noche cuando volvió a su apartamento. Aventó su bolso al sofá y se desparramó en un sillón que daba hacia la ventana, desde donde podía contemplar la ciudad y el enjambre de luces que parecían ensayar, por separado, para la presentación de una majestuosa coreografía.

A Sofía le gustaba esa sensación de poder y soledad, que le daba la altura de su mirador personal, porque la volvían a su realidad de mujer trabajadora, ya entrada en años, que había renunciado a las obligaciones pertinentes a su género, por lo que nunca tuvo esposo ni hijos, y que le hizo apostar todo al respecto de su individualidad y a su éxito como persona, olvidando rescatar, de todo aquello, algo de placer para su consumo propio.

Más que el hambre, fue la rutina de preparar la cena lo que la hizo levantar. Al pasar por el comedor notó que sobre la mesa había un pequeño paquete. Extrañada, se cuestionó cómo podría haber llegado hasta ahí, pero antes de entrar en pánico, concluyó que, si alguien le quisiera hacer daño, mientras contemplaba la ciudad hubiese sido el momento perfecto. En el paquete se leía su nombre y dirección, así que no había duda que solo el contenido era la intención.

Sin darle importancia, dejó el paquete en el sofá, junto a su bolso y fue a preparar la cena. Nada muy elaborado: algo para el microondas y café.

Como de costumbre tomó su bolso para irse a acostar, en esta ocasión también el paquete. Se cambió de ropa, se alistó para dormir y, antes de prender la televisión de su habitación, tomó el inesperado objeto. No es que no tuviera curiosidad, pasa que la falta de emociones hace que cuando se tienen una, se procure hacerla durar. Sofía sabía que luego de abrir el paquete, la intriga desaparecería y solo restaría volver a su vida de siempre.

Abrió el paquete y dentro encontró sobres numerados, del 1 al 25. No le costó mucho deducir que aquello tenía la intención de presentarse en orden.

Tomó el sobre número uno y dentro encontró un papel que decía: “¿Recuerdas?”, que acompañaba a una foto de ella, en su fiesta de cumpleaños, de cuando cumplió siete. En la foto está más bien enojada. Recordó que no quería la fiesta y que el regalo que le dieron no fue el que había solicitado.

La puso a un lado y tomó el sobre número dos. El papel decía “¿Quizá te acuerdes de esta ocasión?”. La fotografía de junto era de cuando se alcanzó su título de estudios medios. No estaba satisfecha con el peinado que le habían hecho y el acto de entrega del diploma le parecía fútil.

La tercera foto fue tomada por una amiga, el día que terminó con Rafael, su entonces novio, porque él hablaba de un futuro juntos.

Sofía entendió la idea. Alguien, carente de buenas intenciones, seguramente por maldad, había tenido la mala idea de contarle su propia vida, en fotografías. ¡Su triste y patética vida! En ninguna de las fotografías sonreía y ninguna de las fotografías le representaban un recuerdo que ella atesorara con gusto o añoranza.

Las lágrimas vieron una oportunidad de brotar y, aunque no estaban acostumbradas, no la desperdiciaron.

En otra fotografía estaba en el escritorio de su primer trabajo. De esa no se acordaba, aunque recordaba el lugar y el momento. Otra del día de la boda de una amiga del trabajo, que más que amiga era compañera, y quien no había podido evitar el compromiso social de invitarla, como ella no pudo evitar el de asistir.

Las fotos se sucedían en perfecto orden, y Sofía, con sorpresa y algo de temor, notó que no fueron fotos de las que ella estuviera consciente. Muchas eran como escenas arrancadas de su vida.

Momentos en un bar, cuando le entregaron reconocimientos, cuando obtuvo ascensos, cuando despreció el interés de algún hombre por ella. Toda su vida y ni una sonrisa.

El tiempo pasaba y no le importaba. Con cada fotografía se tomaba un largo tiempo para recordar, para revivir, para lamentar o para despreciar. Cada sobre contenía un viaje a sus emociones, esas que tan bien ocultaba y que habían encontrado, esa noche, el momento ideal para salir a jugar. Sofía se desconocía sintiendo, y se dejaba llevar en ese baile frenético, carente de ritmo.

Tomó el sobre número 24 y lo abrió. Dentro estaba una foto del día anterior. Había tenido una fuerte reunión con uno de sus subalternos que más tiempo llevaba en la compañía. No le gustó el tono que éste usó ni la excusa presentada ante un inconveniente que tuvieron. Ahí mismo le despidió. Le acompañó a la salida de su oficina y se recostó en el marco de la puerta viendo cómo él se marchaba. Esa era la fotografía. Ella, elegante, recostada, viendo a aquella vida partir hacia la incógnita.

“Si la nueva foto es de ahora mismo que lloro, me dará algo”, pensó, viendo hacia todos los rincones de la habitación, mientras tomaba el último sobre.

La fotografía mostraba a una señora ya mayor, cuya cabellera estaba adornada con algunas canas. Usaba anteojos y estaba sentada en el mismo sillón desde donde Sofía contempla la ciudad todas las noches.

Logró reconocerse. Es ella varios años después, envejecida, y con… con una enorme sonrisa.

La nota adjunta dice: “Lo lograste”.

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Protesta válida

Hoy vino a verme uno de mis personajes. Estaba muy molesto conmigo. Me reclamó que le dejé mucho tiempo abandonado. Protestó por la inactividad e hizo referencia a sus derechos como personaje de novela.

—No puedes dejarnos en el olvido y decirte escritor si no escribes. Tomá tu trabajo con responsabilidad, antes que decidás, como otras veces, abandonar el proyecto para empezar uno nuevo —insistió.

Le di la razón y me disculpé con la promesa de que pronto le daría seguimiento a la trama. Tomé el computador y en el siguiente capítulo le maté. Creo que fue lo mejor para ambos.

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Gorrito de Cumpleaños

A Gonzalo lo conocí cuando éramos muy chicos. Tan chicos que nuestras primeras interacciones iban de quitar el juguete que el otro tenía, sin intercambiar palabras, más allá de un altisonante ¡Mío! Acompañado de gritos o llantos, según mamá.

Apenas unos meses mayor que yo, Gonzo se convirtió en mi ejemplo a seguir. Fue siempre el orgullo de su madre, el ideal de los maestros y el sueño de las niñas, adolescentes y jóvenes, según la edad que íbamos atravesando.

Él el popular y yo fui conocido siempre como el amigo de Gonzo.

Lo curioso es que ni siquiera tenía buena pinta, digo… de mejor ver que yo sí que siempre fue, pero casi cualquiera es de mejor ver que yo, que escondo mi físico, carente de simetría, tras chistes malos y el brillo de mi amigo.

Cómo le hicimos, no sé, pero llegamos a adultos conservando la amistad.

Él lleva cuentas importantes en una empresa de mercadeo, yo soy operario en una fábrica, o más bien supervisor de operarios, pero no se me da bien presumir mi puesto que solo significa que el jefe me confío un poco más que a cualquier operario.

El otro día Gonzo me llamó preocupado.

—¡Ya valió madres todo! — me dijo.

Su tono era de angustia. Le dije que se tranquilizara y me explicara qué le pasaba.

—¡Se me está cayendo el pelo!

Se me heló la piel y estoy seguro que dejé de respirar por mucho tiempo.

No se me venían palabras de consuelo, y el problema con ellas no solo es que sean adecuadas, es que tenés que decirlas de modo que no suene a cliché y en el momento justo, porque si tardás es que lo decís solo por decir.

—¿Es mucho?

—Se me ve el agujero, como del tamaño una ficha grande.

¡Pobre!

—¡Bueno Gonzo, no se termina el mundo, capaz es solo temporal! —Yo sabía que sí se le terminaba el mundo y que solo 1 de cada 100,000 casos es temporal, el dato lo inventé, pero si me preguntan diré que lo obtuve de un documental del Nat Geo.

—¡No sé qué hacer!

Nunca le escuché tan mal, o quizá sí en alguna borrachera, que por obvias razones no sería capaz de recordarlo.

—Mientras averiguás qué hacer, tapálo. Ponéte una gorra.

—Es muy obvio, me van a preguntar que por qué uso una.

—Un sombrero.

—¡No jodás!

—Bueno no sé, ponéte algo. Igual o explicas lo que llevés encima o el vacío.

Dijo que buscaría qué encontraba para ponerse y que me contaría después. Se le hacía tarde para el trabajo.

Yo quedé angustiado y preocupado por él y ansioso porque me contara cómo le iba. No quise preguntarle durante el día porque adiviné que andaría sensible, así que esperé a la noche. Fue él el que llamó primero.

—¡Qué día de porquería!

—Estarás exagerando.

—Decime vos: fui víctima de cualquier cantidad de miradas y bromas, me despidieron y Saraí terminó conmigo.

—¡Dejá de joder! Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—No de forma directa, supongo.

—Explicá.

—Busqué y no tenía nada que ponerme, lo único que encontré fue un gorro de cartón, de estos que dan para los cumpleaños… y…

—¿Cómo y? ¿Qué tontera hiciste, Gonzo?

—Pues me puse el gorro y fui a trabajar así.

—¡Cómo sos de pendejo!

—¡Aha, vos también!

—Disculpá, pero es que…

—En la calle se me quedó viendo todo mundo y desde que parqueé en la oficina todos empezaron a hacer sus bromas. No hubo uno que contuviera la risa. Bueno sí, Raquel ¿te acordás de ella? Bueno, ella me preguntó que qué hacía con el gorro…

—¿Y qué le dijiste? ¿Le confesaste?

—¡Estás loco? Tanto tragarme las burlas para soltar una confesión así porque sí. Solo le dije que me pareció adecuado.

—¿Y?

—Al final se rio también.

Guardé silencio.

—A la tarde me llamó mi jefe, Lucas. Me dijo que como broma había estado bueno, pero que aquello era una oficina y que me tenía que quitar el gorro, en ese mismo instante.

—¿Le confesaste?

—Dale con lo mismo, no, no lo hice, ya era muy tarde.

—Pero se lo pudiste decir sólo a él.

—Es que me sentí ofendido. No fue por el agujero que tengo, fue mi dignidad ¿Entendés? ¿Cómo así que no puedo usar un gorro? ¿Qué daño hago? ¿No tengo derecho acaso a vestirme como quiera?

—¡Pero un gorro, Gonzo!

—Lo que sea, me negué… y me echó nomás. Que por la imagen de la compañía.

—¿Así sin más?

—Después que le dije que tenía pensado usarlo todos los días.

¿Qué se dice a una cosa así?

—¿Y Saraí?

—Lo mismo. Nos juntamos, le dije lo del despido, le expliqué las causas, me dijo que era un idiota y que me quitara el gorro, que la estaba haciendo pasar vergüenzas, me negué y le dije que me lo iba a poner todos los días y terminó conmigo. Así nomás.

—¿Así sin más?

—Ahora soy desempleado, soltero y un hazmerreír.

Le invité a unas cervezas para que se desahogara, pero aceptó hasta el día siguiente.

Fue incómodo andar con un adulto y su gorrito de cumpleaños. No importa lo bien o mal que te veás, lo bien o mal que vistás, si sos guapo o un adefesio, o lo bien o mal que tengás distribuidas las libras de más por todo el cuerpo, el del gorrito gana por goleada, todos le voltean a ver y se ríen.

Lo que hacía, cuando se descuidaba, era hacerle señas a la gente de nuestro alrededor, tratando de explicar que andábamos celebrándolo a Gonzo, se reían y un poco de tranquilidad me volvía.

Claro que después tratá de explicarlo cuando vas al cine, a un partido de fútbol o a un velorio.

Gonzalo se aferró a sus gorritos de cumpleaños. Lo andaba siempre y para cualquier lado. Inició un blog, creo que se llama: derecho al gorro punto com, o algo así. Inició un movimiento donde él y otros tres locos se paraban con pancartas frente a cualquier institución del gobierno y hasta presentó una iniciativa de ley para que usar gorrito de cumpleaños no fuera causal de despido.

Su idea le trajo soledad. No muchos quieren andar con él y trabajo, lo hace desde su casa, todo relacionado con Internet.

Yo le quiero y trato de animarle, pero solo un amigo no es suficiente para su vida, es decir, para el tipo de persona que siempre fue.

Años han pasado y Gonzo sigue igual, con su ficha de vacío en la cabeza a la que cubre con un gorrito de cumpleaños. Solo que ahora se preocupa porque combine con el resto de su atuendo.

Hoy temprano he enviado varios correos y llamé a alguna gente que aprecio para despedirme, aunque mucho no me entendieron. También encargué una caja de gorritos, de distintos diseños, que conseguí en Amazon. Los califican de cuatro estrellas y los comentarios son buenos.

Ayer mientras me peinaba se me vino un molote de pelo y, creo que ha llegado el momento de acompañar a Gonzalo en su solitario camino.

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Caldo de Res

El comedor estaba a media luz, no recuerdo si porque la iluminación era mala o porque mis padres habían decidido que aquel era un gasto con el que tenían que tomar precauciones extremas. Sentado a la mesa solo quedaba yo. Yo y el odioso caldo de res que mi madre había preparado, consciente de que en aquel almuerzo la pasaría mal conmigo. Una de dos: a mi madre le gustaba mucho el caldo ese y aceptaba pagar el precio del disgusto o le gustaba quedar exhausta después de cantarme, de mil colores distintos, lo mal agradecido que era porque permitía que mi gusto, o como ella decía, mis mañas, tuvieran prioridad sobre todos aquellos niños que no tenían qué comer. Yo pensaba que era más efectivo echarme en cara el dinero que, de por sí escaso en casa, tenían que gastar mis padres para poner comida en mi plato, pero se ve que a los adultos les gusta creer que los niños ven las cosas como adultos y que para éstos la cara de un niño con hambre siempre da buenos resultados.

Yo movía el líquido, que cada vez se hacía más viscoso, con la cuchara, por centésima vez. Y es que el problema no era el caldo, el problema era que, a sabiendas de que no querría comer verdura, me deshacían la papa, el güisquil y el güicoy, convirtiendo aquello en un puré imposible. Mi madre pensaría que así no me daría cuenta y que lo comería sin problema, porque, ella tenía claro, que lo mío no era que no me gustara, era maña. Y de todos es sabido que la creencia de una madre es palabra santa.

La orden clara, directa y amenazadora fue no levantarme de la mesa hasta que no terminara, pero mi tiempo en realidad era limitado. El caldo de res, si no se lo come caliente, se vuelve sebo, se pone tieso y ya no puede comerse, no de forma decente al menos. Por eso lo movía, tratando de dilatar aquel inhumano y natural proceso.

Desesperanzado, buscaba lugares donde poder esconder algo de la comida, pero debajo del mantel solo se alcanza a poner una, acaso dos tortillas, si se tiene cuidado de no amontonarlas y jugar con las distorsiones provocadas por los centros de mesa. No había macetas cerca, ni servilletas que estuvieran prestas a auxiliarme. Atormentado y presionado por el peso de la desesperanza, alcancé a escuchar un sonido que me volvió a la vida, porque ningún niño tiene vida sentado a deshoras en la mesa de un comedor.

Un ronquido. Uno fuerte y claro, que no daba opción a duda, y que venía del cuarto contiguo, la única habitación de aquella vivienda que contaba solo con ese lugar, el comedor y una cocina con una pila que servía para dividir estos dos últimos ambientes.

Hacia la habitación no había puerta y el espacio de cruce no era el pequeño, ni normal. Desde el cuarto podía verse, casi en su totalidad la cocina, pila incluida. No podía cruzar aprisa, tenía que asegurarme que aquel ronquido de mi madre era de un sueño profundo. Con cuidado de no hacer el menor ruido, ni con la silla, ni con mis zapatos, ni con la cuchara, me puse de pie. Anduve en puntillas y me acerqué al final de la pared. Asomé el rostro, solo lo necesario para que mi vista alcanzara a ver a mi madre, sabiendo que si me veía era hombre, o más bien, niño muerto. Ella dormía y estaba recostada hacia el otro lado, le daba la espalda a la cocina. La fortuna me sonreía.

Regresé con la misma precaución hasta mi plato. Tomé la cuchara y la puse sobre el mantel —no me podía permitir que la cuchara hiciera ruido con el plato—. Levanté el trasto que contenía aquel líquido viscoso que tantos problemas me dio durante mi niñez, y caminé con cuidado hasta la pila. Despacio, sigiloso, con temple. Cuando estuve cerca de la habitación volteé a ver de nuevo —es mejor ser precavido—. Mi madre seguía igual.

Más confiado, pero con la misma precaución, me acerqué a la pila y comencé a vaciar el trasto, despacio para que no hiciera ruido. Oh qué dicha ver aquella representación de mi penuria, irse por el caño, desparramarse sobre el cemento que lo orillaba a salir de casa, despreciado. Luego un poco de agua, pensé, para no dejar pistas, y el plato en la mesa, para que quede de evidencia de que terminé todo, aunque me regañen por no recogerlo —aquel era un regaño menor.

Saboreando mi victoria, fui interrumpido por un ruido seco, fuerte, amenazador, que provenía de un golpe dado a menos de un metro de distancia. En mi reflejo alcancé a ver el punto blanco que el tacón del zapato rojo de mi madre dejó en la pared. Y luego el altisonante regaño de ella acusándome de estar tirando la comida. Los gritos de patojo esto y patojo aquello retumbaban por las paredes de aquellos tres ambientes. Yo volteé sabiéndome condenado:

—Pero mami —dije— solo estoy levantando el plato porque ya terminé.

—¡¿Cómo que ya terminaste?! ¡Vení para acá! ¡…!

Aquella tarde aprendí tres cosas: que las madres tienen ojos en la espalda; que los zapatazos de las madres siempre dieron con el tacón en la pared, a menos de un metro de distancia de la cabeza de uno; y que quizá debí tomarme el caldo cuando aún estaba caliente.