El escritor

Celebrando ciclos

Tengo la sospecha que, como uno más de los ingenuos que creen en ciclos, los escritores, en especial quienes tenemos duda de serlo o no, aceptamos que con un nuevo año se abren puertas de esperanza para nuestras creaciones literarias.

Hoy, uno de enero, renace la ilusión. Las ideas emergerán como retoños de plantas en lugares inhóspitos. Las dudas desaparecerán porque pocas cosas son tan efectivas como una resolución de año nuevo.

Este año seremos mejores en lo que tanto nos apasiona. Aprenderemos a dejar de lado los adjetivos porque para todo hay una palabra adecuada, aunque luego hay que tener cuidado de no sonar petulante con el uso de palabras presuntuosas. Acortaremos las frases para decir lo justo sin aburrir al lector y lograremos tenerle al borde del respiro con nuestra habilidad para mantenerle intrigado. Por supuesto seremos creativos, audaces y originales.

Desde principio de año estaremos escribiendo y escribiendo porque es lo que todos recomiendan hacer, aunque James Patterson pueda enseñarte a escribir con unas pocas lecciones en línea y por tan solo noventa dólares.

Este año sí terminaremos la historia esa que alguna vez se nos ocurrió y casi es seguro que terminemos ese libro que parece no querer avanzar.

Eso hacen los ciclos, renuevan esperanza y por alguna razón misteriosa, las fuerzas.

Acaso la parafernalia positivista de que todo queda en el pasado de un calendario que yace derrotado y la abrumante muestra de optimismo y buenos deseos para el nuevo año, que, por como se habla de él, casi parece tener vida y voluntad propia.

Así de predecibles somos los seres humanos que tratamos de escribir historias impredecibles.

Así de simples somos las personas que tenemos la habilidad de hacer complicado lo simple.

Así de mucho necesitamos los ciclos, esas fórmulas mágicas que nos ayudan a continuar alimentando las ilusiones.

Yo, al menos, no pude evitarlo, y me dije: “Este año sí”.

Hoy, primero de enero a las nueve de la noche, sé que me mentí y que decirlo no sirvió de nada. Pero por un momento, por un pequeño instante creí que podía ser cierto y sonreí.

Mis finales de ciclo marcados por calendario me sirven, sobre todo, para sonreír.

Saludos

Anuncios
El escritor

Prólogo

Indagando entre notas viejas, encontré un texto que escribí mientras debatía en mi interior sobre la importancia de añadir o no un prólogo a uno de los libros que publiqué. No recuerdo a cuál y no tengo intención de hacer cuentas con la fecha del documento y fechas de publicaciones, no porque sea difícil ni porque la pereza me gane, sino porque para compartir el mismo es un dato harto irrelevante.

Sin más les dejo el texto:

La etimología de la palabra me hace pensar que para ciertas obras es casi menester incluirle. Ha de ser por eso que me declaro fan de escribirlos, aunque me cuesta decidirme a darles vida en mis trabajos.

Quizá es que se escriban para evitar preguntas incómodas, si en el mismo se incluyen claves y datos importantes para la obra. En cambio si es una cháchara interminable de sinsentidos que llenan espacio y procuran intelectualidad, son un desperdicio.

No es una regla pero es bastante común que cuando un autor llega a consagrarse deje los prólogos para otros. Lo que me lleva a una conclusión: debería seguir practicando en caso de no llegar a ser un autor reconocido, que por simple regla de tres, es lo más seguro, pues yo mismo habré de dedicarme a esta tarea. Tarea que no es pesada pero en cambio sí intimidatoria. Por otro lado puedo pecar de optimista y pensar que puede llegar el momento en que no sea más yo quien “prologuée” mis textos, en cuyo caso he de aprovechar las oportunidades que vaya teniendo.

Al final, confieso, decidí no escribir un prólogo que justifique la obra, sino uno que se justificara a sí mismo. Porque estas líneas, tal como son las historias que componen el texto, no son más que otro intento por comunicarme con el lector, para tratar de hacerle partícipe de ese mundo extraño al que mis ideas, dudas y certezas dan forma y al que tomaron por hogar.

Un prólogo (del griego πρόλογος prologos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’)”

Quiero pensar que tal es la forma en que quienes gustamos de escribir, jugamos. Al menos es la mía.

Saludos

El escritor

Intentando un “Pessoa”

En mis manos se siente tan fría, tan retadora y tan frágil. Podría destrozarla pero la contemplo, ansioso y con el entusiasmo acelerado. La hoja blanca que yace sobre mi escritorio adornando el obscuro mueble, testigo de mis tenebrosas desdichas y mis celebrados triunfos logrados con la pluma. Pluma que hoy, inmisericorde, lastima su blancura y su fragilidad, apoderándose de su naturaleza, ahora es texto, ahora es historia, ahora son palabras, frases, oraciones, párrafos, ahora es más que un pedazo de papel, ahora es más que una probabilidad… es posibilidad. De lejos se ve elegante, a detalle se perciben la tinta y las formas… se adivina una intención, un porqué que pague el precio del tiempo invertido y de las ideas y sueños vertidos en cada movimiento de la mano.

La mano se mueve, creando, siguiendo instrucciones que mi eufórico cerebro le ordena. “¡Transforma en letras!” demanda, “¡Hazlo bien!” suplica la ejecutora.

El resultado son hojas repletas de letras, letras que pretenden palabras, que quisieran ser oraciones convertidas en párrafos que algo signifiquen, pero la euforia ha sido demasiada. Todo cuanto veo en la hoja parece tener forma, parece tener ritmo, parece tener rima… incluso parece ser una buena historia, pero no la entiendo, todo el texto está escrito en un idioma que desconozco. La historia solo es esperanza de que habré logrado crear algo con coherencia, o es esperanza de que alguien invente coherencia en ella.

Deberé guardar la historia o acaso despreciarla y arrojarla al olvido sin luz de mis textos engavetados… como tantas veces hice, como arrojé a tantas posibilidades que no fueron, como quizá debiese ser el destino de todo cuanto he creado y de todo aquello que crearé.

El escritor

Cincuenta likes después

El silencio no es en el ego en donde duele, es en la duda.

Sabida cuenta de ello decidí consultar por las instrucciones y enviar un cuento que había escrito al correo electrónico de Siglo XXI, que me indicaron. Fue un jueves y hasta hoy fecha sigo sin enterarme que los correos importantes no se envían jueves, porque los viernes ya nadie quiere saber de nada, sino hasta la próxima semana. Aunque mi excusa, más que el descuido del día, debiera ser que tampoco se trataba de un correo importante como tal. Es decir, lo era pero solo para mí y nada más que para mí, pues de no enviarlo el mundo, hoy, seguiría siendo el mismo.

En ese periódico reciben cuentos y poesía de cualquiera que quiera colaborar, para ser publicado los sábados en una sección destinada a tal propósito.

El sábado lo olvidé, pero yo creo que fue mi subconsciente protegiéndome. Así que fue hasta el lunes que revisé la publicación del fin de semana y no, de mi texto no había nada. Tras lo cual se desató un sinfín de justificaciones y posibilidades en mi cabeza: “A lo mejor no recibieron el correo”; “Puede ser que ya tuvieran todo listo para el sábado y mi texto ya no pudo ser incluido”; “Capaz tienen muchas colaboraciones y la mía va a quedar en cola”. Y la peor de todas, por supuesto; “No les gustó”.

Pasaron los días y volví a experimentar ese dolor que causa la duda, el mismo que sentí unos meses atrás -hace más de un año-, cuando envié una pequeña novela a un concurso literario. Según yo envié todo: las tres copias firmadas con un pseudónimo, la carta en donde reconozco la obra como mía, el documento con mis datos para que me localizaran tras darse cuenta de la buena calidad de mi escrito -acá añadan risas grabadas-. Llegada la fecha del anuncio… nada. Nada excepto ese espantoso silencio que taladra la mente del escritor, o sea, la mía -porque como escritor me refiero mí mismo cuando no estoy de malas- a la que pocos espacios sin agujeros le va quedando después de acumular distintas experiencias. En la publicación del resultado se mencionó a los ganadores en las categorías de cuento y poesía, pero nada dijeron sobre novela. Si hubiesen anunciado ganador hubiera sido más sencillo para mí, tras aceptar que seguramente se presentaron trabajos mejores que el mío. Pero el no ver premiación me desconsoló y de nuevo pensé si recibirían mi trabajo o si hubo alguna otra razón de peso para descartar esa categoría. Nunca lo sabré. Y me sigo comiendo ese silencio, que sabe como a brócoli, así de feo.

El sábado que recién pasó, de las primeras cosas que hice -porque ya estaba presentable en la oficina- fue revisar el Siglo XXI y sí, ahí estaba mi cuento. Lo reconocí inmediato y él me saludo con cierta presunción. 

Lo primero, tras recobrar la pequeña falta de aliento producida por el impacto de la noticia -insisto, para mí es importante-, fue hacer lo que todo ser humano normal haría en esta época: tomar la foto y publicar la noticia en las redes sociales -la instrucción está en el manual de vida versión 2K.3, por si no lo han leído-. Tímidos likes comenzaron a caer y de pronto uno que otro comentario. Mi contentura -esa misma que mencioné en la publicación- creció un poco más con cada clic y cada palabra que las personas agregaron a ella, porque para eso son los likes -también lo dice el manual-.

Hoy, cincuenta likes después (la noticia que di justo tiene cincuenta), medito en la anécdota y llego a ciertas conclusiones, que tampoco cambiarán el mundo, pero igual llegué a ellas.

Primero, que ya no soy tan novel en la escritura como para aceptar toda crítica, -porque de quienes uno conoce casi siempre son favorables y de quien te desconoce más bien horrendas-, ni para dar por sentado que al menos cincuenta personas me leyeron. Sé que algunas lo hicieron, pero la mayoría solo se alegraron por mí sin formar parte completa del círculo escritura/lectura. Igual agradezco su participación. Después de todo no todos tienen por qué compartir algo que a uno le apasiona.

Segundo, que mi escrito posiblemente fue leído por personas que no conozco y que a lo mejor se crearon un concepto bueno o malo de él, el cual nunca conoceré. Esta parte en particular tiene un sabor muy agradable a incógnita, algo parecido, en mayor proporción, han de sentir los escritores consagrados.

Tercero, que mi escrito no sufrió modificación alguna. Tras su publicación no fue ni más bueno ni más malo de lo que originalmente era, ya en el documento de Word o publicado en mi blog . Está claro que el ser publicado o no, de ninguna manera determina la calidad del escritor, como tampoco un texto en especial.

Cuarto, que los que escribimos somos muy susceptibles a la opinión de unos pocos. Quien recibió el correo (o quien tiene a cargo la tarea de revisar), en este caso, decidió que el escrito, al menos era lo suficientemente bueno como para aparecer entre las hojas de aquella fecha. Eso, no se puede negar, viene a ser una palmadita en la espalda que se siente bien, porque todos sabemos que los escritores no vivimos de aplausos, vivimos de palmaditas en la espalda.

Por último imagino la de dudas que me acompañarían ahora mismo si no lo hubiesen publicado: “¿Lo habrán recibido?”, “A lo mejor me faltó aclarar algún punto en la historia para que se entendiera”, “Quizá lo están guardando para después”. Y me hubiese pasando revisando el Siglo XXI de los sábados, al menos por otras tres semanas.

Saludos

El escritor

Uno de cada tres

Uno de cada tres no parece ser una estadística muy positiva. Antes de escribir estos párrafos hice una búsqueda y entre los primeros resultados apareció que uno de cada tres menores de dieciséis años vive en el umbral de la pobreza –asumo que se refieren a España, pero el titulo se me hizo muy tétrico para lo que yo esperaba encontrar, así que no leí el artículo–. El segundo decía que uno de cada tres europeos, en los próximos años, estará expuesto al amianto –andá vos a saber qué entienden ellos por próximo y qué es lejano, pero esa palabra aterra más, ¿cierto?–. Y allá voy yo a averiguar qué es el amianto, que resulta que es lo mismo que el asbesto y pues más de eso no creo que estés dispuesto a leer, así que ahí lo dejo, pero la cosa que es peligroso para la salud porque puede producir cáncer y que todos estamos expuestos a eso en pequeñas cantidades y… yada, yada yada… nos encanta causar alarma.

Tras leer todo aquello estuve a punto de olvidarme de este artículo. Yo quería algo que diera fundamento a mi cálculo estadístico que dice que cuando hablo de que escribo, una de cada tres personas me dice que escribe también, o que lo intentó. En tal situación es imposible –tanto como no darle una buena excusa a mamá por no haberla llamado durante dos semanas– no preguntar qué escribieron.

Un libro o una novela son las respuestas más comunes, para luego terminar en un lamento porque el emprendimiento llegó a su fin tras uno o dos capítulos. Algunos –los menos– con honestidad confiesan que no era lo de ellos; otros, en cambio, aseguran que fueron las circunstancias quienes obligaron a abandonar tan noble empresa –aunque con su gesto se refieran a escribir como: ese entretenimiento sencillo y barato–; y quizá, solo alguno de ellos, sea uno de tantos casos lamentables en donde se perdió un interesante talento que pudo dar pie con alguna genialidad ¡No lo sabremos!

En febrero contaba que tenía ganas de deshacerme de la novela que estaba escribiendo. Al final lo hice. Ahora yace en mi recuerdo como hojas que se mantienen en un eterno quemar, que las alcanza solo hasta la mitad, mientras el viento sopla fuerte, queriendo separarlas de entre ellas mismas –mis escritos olvidados son recordados con dramatismo–. Así que días después me puse a trabajar en un nuevo proyecto. Para ahora tengo el bosquejo y el primer capitulo escrito y me siento como uno de aquel 33% que dice que escribe. Después de todo nunca se sabe si uno habrá de abandonar de nuevo. La gran diferencia es que yo aprendí a reconocer que no hay mérito en escribir primeros capítulos, después de todo, la frase que abre la obra, que debe ser atrapante, es algo que se suele dejar de último, y describir un paisaje y algo del trajín o personalidad de los primeros personajes, no es cosa que merezca admiración. Si querés saberlo, admirable es cuando el escritor está trabajando en la edición. Cuando está añadiendo los detalles que diferencian una simple creación, de arte en serio.

Así debería ser con todo. Los inicios no merecen aplauso. No uno que vaya más allá de dar ánimo, al menos.

Yo me dejo estas letras acá –en esto que he utilizado como confesionario eventual– por si tengo que regresar a ellas, ya que avance o no en mi proyecto. Espero no regresar con una estadística que diga que me he deshecho de dos de mis últimos dos intentos de novela y con alguna otra curiosidad que con facilidad obtenga de Google.

Saludos

PS. Al final decidí no cambiarle título al artículo, sigo pensando que es uno bueno, aunque tenga tanto que ver como los juegos pirotécnicos con el yoga.

El escritor

Being honest

eyeemfiltered1426197768743

En ocasiones tengo una idea para escribir un artículo o una historia, y me dan ganas de empezar a hacerlo en inglés. Pienso que frases como: “So, I opened this blog for…” es un inicio más sencillo, claro y con el tinte justo de drama que necesito, que: “Abrí este espacio para…” —pueden pensar todo lo mal de mí que deseen, defensores del idioma de Castilla—. Y de alguna forma siento ese comienzo más relajado. Le quita el tinte de formalismo y seriedad que a veces sobra en lo que escribo. Entiendo que puedo estar equivocado y que quizá se deba a que suelo leer más artículos relacionados con la escritura, en inglés que en español, por la sencilla razón de que existen más y muestran la sinceridad de lo que un escritor atraviesa, alejado de lastimeras quejas y potenciados egocentrismos.

Estos sitios han de abundar porque la cantidad de historias de éxito en aquella lengua son considerablemente mayores, y ¡Quién, dentro de su respectiva área de placer, no desea verse reflejado en el triunfo de otro! Lo publicado en Latinoamérica, si bien puede ser una bonita trayectoria y un logro importante, ni por asomo será comparado con los alcances o realidades de otros lugares, con contadas excepciones que cada vez escasean más.

Los blogs en inglés dedicados al trabajo (otros dirán arte) de escribir, son novelas de Stieg Larsson, los blogs en español, libros motivaciones de Camilo Cruz, que podrán ayudar a alguien en muy específica situación y por poco tiempo, pero en términos generales no dicen nada. Dicho sea de paso, lo escogí a Larsson porque sus novelas son cautivantes, tiene que ver propiamente con literatura y no con filosofías ni ideologías y porque es de Suecia y no gringo, so pena de ser acusado de pro americanista, aunque no tendría mucho problema con ello, en muchos aspectos. Al Cesar lo que es del Cesar.

Quisiera tener claro qué nos falla en Latinoamérica. Entiendo factores importantes que influyen en el mundo literario.

La educación será uno de los primeros puntos en saltar. Nadie parte a descubrir América a excepción de que se crea que existe América, que se tenga la noción de que existe América o le guste la aventura sin esperar mucho a cambio, más que la aventura misma. A excepción, claro, que se sea un loco Colon más. Y nadie va tras la riqueza de la literatura si no sabe que tal riqueza existe.

La economía el segundo tema que aparecerá ¡Quién puede pensar en escribir si lo que tiene que hacer es poner comida en la mesa de casa y muchas veces desde tempranas edades! Nadie en nuestros países puede pretender vivir de las letras. Ni siquiera mezclándolas con la docencia —otra carrera que suele castigar duro a las finanzas de sus entusiastas. Y en quehaceres para sobrevivir se va el tiempo para consumir y crear literatura.

La cultura, pensará alguien. Nuestras mentalidades tan clichés, que nos hace cumplir los tiempos a cabalidad de todo cuanto se espera de una buena persona. Estudiar, trabajar, casarse, tener hijos y ser abuelo por ahí de los 48 ó 50 años es la norma. Porque así de acelerados queremos convertirnos en lo que se espera de nosotros ¡Y quién, con tanto estrés a edades tempranas, tiene la oportunidad de adentrarse en tiempo y alma en la tarea de contar historias a otros!

Pero sostengo que lo que realmente nos hace distintos es la pasión. La entrega desmedida a una actividad que tanto decimos valor e incluso amar. Nuestros escritores —permítanme hablar como lector aunque la pugna va contra mí, también— se dedican a vanagloriarse por un buen comentario. Se prefieren poco publicados pero fieles a unos ideales que tienen pies y cabeza, pero colocados a antojo, sobre una mancha que solo pretende ser algo más que una mancha, aseguran. Se convierten en un grupo de eruditos que abogan por las masas, aunque está claro que tal acto lleva como propósito ser percibidos como “los buenos”, y obtienen en ello la excusa perfecta para no alcanzar grandes éxitos, porque “somos pueblo, somos los despreciados, los marginados”. Prefieren juntarse en pequeños grupos que despotrican contra toda idea de cambio, y se aceptan como iluminados que entendieron que para la humanidad ya nada podrá mejorar, y adoptan una actitud de rebelde rendición, que les parece lo más cool que existe. Elevan un canto a la negativa y son felices con tres aplausos. Se esfuerzan por hacer la frase del día, de manera magistral —que no dudo en reconocer— pero se olvidan del fondo y de los grandes proyectos que sus destrezas y carreras podrían regalarnos —al módico precio de un libro.

Si me preguntan, yo envidio sus habilidades y su inteligencia, pero no sus propuestas. Me dan celos de sus logros, pero no imagino mi nombre puesto en ninguna de sus obras. Me acusarán de no entender sus textos, pero yo los acuso de no esforzarse por crear mejores y sustanciales textos.

El escritor latinoamericano, en sus blogs, no intenta transmitir, solo da espectáculo. Y, lamentablemente, en muchos de sus libros, también. Los escritores noveles, la mayoría de veces, intentan transmitir sus experiencias al escribir, pero tropiezan una y otra vez con el mismo problema. Sienten pena por sí mismos, obtienen los triunfos de sus planes a futuros, ven en una simple idea el éxito que está a kilómetros y años de ellos, celebran el like de unos cuantos, y están convencidos que son algo que aún no son.

Mientras algo cambia, seguiré visitando sitios en ingles, con la esperanza de aprender algo de escritura, encontrar algún lado a la motivación, que quizá me esté perdiendo, o, como mínimo, aprender unas cuántas palabras más en ese idioma —que bastante falta me hace—. De cualquier forma, dudo que sea un desperdicio de tiempo.

Au revoir.

El escritor

Mi escritorio

Finalmente me tomé el tiempo de sentarme frente a mi escritorio. Lo tengo abandonado desde hace semanas —me duele decir meses, pero suman lo mismo—. Sobre él abundan los variados diseños y colores brillantes de un montón de revistas, en especial de política. No puedo evitarlo, me interesa saber de mi país, aunque avanzar por esos artículos sea una tortura. Quizá, suelo pensar, haya algo destacado que represente el parteaguas que dirija nuestra historia a buen camino. Nunca se sabe. Aunque también es cierto que mucha oferta de revistas no existe en este país—¡Para cuándo una revista de literatura, de arte, de tecnología… de ciencia?

De lo anterior quiero destacar que me gusta la palabra parteaguas, aunque no esté en el diccionario. Creo que merece su lugar en él. Después de todo pocas metáforas son tan utilizadas de forma tan correcta, independientemente de que muchos no sepan que lo están haciendo.

En fin, volviendo a mi escritorio—que debiera ser algo como la metáfora del despropósito— encuentro también sobre él un sinnúmero de lapiceros, casi todos dentro de su caja, porque soy de usar de los sencillos, de los que venden por docena. Me confieso una estrella cuando se trata de perder lapiceros. A la fecha no conservo uno solo que cueste más de los tres quetzales. Un lapicero de tapón azul —o con suerte, transparente— combina perfecto cuando ando de saco y corbata, aunque los más no sepan apreciarlo.

Tengo un cuaderno de notas. Quiero decir, en el escritorio. En uso he de tener unos siete, sin contar los digitales —esos no son cuadernos de notas—. Pero sobre mi escritorio solo mantengo uno. Mi ilusoria idea es condensar ahí las importantes ideas que llegarán en mi momento creativo, en ese tiempo que dedicaré, casi a diario, a estrujarme el cerebro por sacar de él lo mejor que tengo, en forma de frases punzocortantes, que se abran paso hacia el interior del lector. ¿O para qué más sirven los cuadernos de notas de los escritores? Si no es punzocortante, no sirve.

No tengo Post-Its, ese quizá sea un error. No aparecen en las fotos de ningún escritor, pero sospecho que los buenos, los usan.

En más, tengo lo obvio. Grapadora, clips, hojas, tijeras, goma… borrador, aunque éste sea solo para los que se equivocan, o digo, para los que escriben a lápiz —¿aún existen?—, una regla, y hasta esos cosos que sirven para sujetar papeles en corcho, aunque me falta el tal.

Sobre una de las esquinas está la impresión de los primeros capítulos de la novela que he estado escribiendo. No sé si es que las veo con desdén, pero a mí me parecen viejas. Los imprimí un día, hace muchos, porque quería leerlos a modo de retomar la historia y tomar impulso, provocando un acelerón que me llevara hasta el final. Yacen ahí abandonadas. Están esperando un momento que sospecho que no llegará. No es algo nuevo, lo hice anteriormente: deseché, no sin rabia, los capítulos que había escrito de otra historia. Pero cabe mencionar que no fui tan cruel como para abandonar hojas impresas. De las digitales es más fácil desprenderse y en todo caso, esas, lo sabemos, no tienen alma… no les importa. Ahora en cambio siento que me acusan.

Contó Sábato, no estoy seguro si en un programa de radio, que quemó la mayoría de sus novelas porque no consideró que merecían ser conocidas. Tengo intención de hacerlo lo mismo. Puede ser que sea lo menos que merezcan: un final digno, disfrazado del lento esfumarse de las palabras, en medio de mi meditación en aquello que no fue. No porque esas letras sean valiosas, sino porque representan el trabajo, esfuerzo, dedicación, anhelo y sueño, al que dediqué horas, mientras las creaba.

De cualquier forma, si lo hago, será otro día. Aún no me decidí por completo a terminar esa aventura. Aceptar la derrota no es una tarea sencilla, aunque sepa que delante podré tener muchas otras peleas.

Debería estar dormido a esta hora y no pienso hacerlo sobre mi escritorio. Suficiente desorden tiene encima como para añadirle el de las cosas que he de soñar.