Puros cuentos... y relatos

En Santa Laura

Santa Laura era un pequeño y colorido pueblo que destaca solo por ser muy normal y muy común, tanto que, para ser excepcional en aquel sitio, había que serlo guardando formas normales y comunes.

Creció con la certeza que a casi todos domina, de que había nacido en el sitio adecuado para ella. Se identificaba con cada calle, con cada casa y con cada árbol que allá crecía, como si hubiesen sido creados, exprofeso para ella.

Su vida solo cambió cuando enviudó, por una extraña enfermedad que no tuvo piedad de su esposo, tras lo cual, encontró refugio en los pocos libros que él poseía, a los que antes veía con desdén.

En una ocasión, tras ver el anuncio pegado en un poste de luz, fue a un club de lectura, acompañada de su entusiasmo y su timidez. Hablarían de La Metamorfosis y sintió dicha de poseer aquella historia de Kafka a la que, como todos sus libros, había leído una y otra vez. En la sala todos comentaban la maestría del autor para transmitir aquel fuerte mensaje, crítica de una sociedad autoritaria y burocrática, en la que no es permitido, como hoy día, ser diferente. Otros hablaban de que aquello obra no era sino la salida a luz de una personalidad que Kafka se guardaba para sí, que tenía que ver con su identidad judía, y otros que aquello era autobiográfico. El debate utilizaba palabras extrañas y mucha imaginación. Hasta que llegó su turno. Notaron que asistía por primera vez y, acaso con mala intención, preguntaron su opinión de la obra con ojos acusadores. La viuda, titubeante, contestó que Gregorio debió marcharse cuanto antes de casa, porque de nada sirve quedarse en un sitio donde no vas a ser bien tratado o donde te tratarán con lástima.

Una turba de risas arremetió contra ella. No le perdonaron que se atreviera a criticar la obra, ni a contradecir la narrativa de Kafka. Se hundió en su asiento y casi logró desaparecer a la vista de todos.

Años han pasado desde aquel mal incidente, y hoy día se sienta, elegantemente vestida, en una banca de la plaza central del pueblo. Apenas se mueve cuando el viento, que juega con sus ropas, le desacomoda la falda, mientras sostiene en manos un libro que unas semanas después del bochorno del club de lectura, apareció en su buzón.

El libro se titula El Libro de la Imaginación, y tiene las hojas totalmente en blanco. Ese es el que lee, en él se pierde por horas, descubriendo mundos y acompañando personajes. En él encontró los más grandes placeres que la literatura es capaz de dar.

Averigua de que va algún libro, porque escucha, porque lee la contra portada o porque la historia es de dominio popular, pero ella, mientras va devorando las páginas en blanco, va hilando la trama a su manera, a su antojo, a su gusto.

El otro día leyó El Principito y cuando llegó la hora de pintar el cordero, aquel era un cordero que cubría un edificio de tres pisos, engalanado de colores y una espléndida sonrisa y el sombrero sí era un sombrero. Cuando leyó a Lewis Carroll, entrar a aquel mundo fue una tarea sencilla, pero donde Alicia tuvo problemas fue en la guerra de los del norte contra los del sur y, lamentablemente, la protagonista muere. Cuando recorrió Crimen y Castigo Raskólnikov terminó como juez y la prestamista salvó la vida luego de ser atacada, para después pagar el castigo del crimen de la avaricia, abandonada a su suerte en el exilio.

Nunca le faltan historias por leer y si tiene oportunidad relee la misma, pero alterando la trama, porque es más divertido.

Así pues aquella excepcional mujer habitaba el muy normal y muy común pueblo, sin que nadie notara su excepcionalidad, a no ser que alguien se acercara a cuestionar sobre su afición por aquel curioso libro, a lo que siempre contestaba que, después de todo, quién necesita tanto crítico literario y tanto sabiondo que le venga a decir a uno cómo ha de ser disfrutada la literatura.

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