Puros cuentos... y relatos

El Pueblo

Obscurecía, y aquello era un obstáculo más que debía sortear. Me encontraba en busca de un amigo —o uno que lo fue—, porque me debía dinero. Lo último que supe de él fue que había regresado a su pueblo de origen y me dieron indicaciones de cómo encontrar su casa, o más bien, del lugar por donde creían que estaba, porque le habían visto ahí con frecuencia.

Más adivinando que con certeza, me detuve, recostado en un poste, y esperé. Esperé como bobo; esperé como espera quien ha perdido la esperanza; esperé, cigarro en mano.

A mi izquierda, al otro lado de la calle, se abrió una puerta por la que vi salir un pequeño perro, que parecía querer llevar la delantera a otro un poco más grande que salió después. Luego apareció una mano: ¡Su mano! La cual detenía las correas.

La mano pertenecía a una mujer cuyo encantador gesto daba la impresión de siempre estar sonriendo.

No sé decir si fui cautivado por su rostro, por aquella sonrisa perenne, por los colochos que hacían un remolino de largos hilos negros en caída , o por su gracia al mover.

Encaminó hacia el parque, por donde esperaba ver llegar a mi amigo. Caminó dos cuadras y viró a la derecha, perdiéndose de mi vista para, luego de varios minutos, regresar por la ruta del parque.

Estoy seguro que no notó mi presencia. Muy al contrario, yo examiné a detalle cada uno de sus movimientos. Cuando cerró la puerta me fui del lugar.

Pasados unos días seguía pensando en aquella dama y decidí que debía volver a hacer el esfuerzo por recuperar mi dinero.

Mismo lugar, misma hora, misma puerta, mismos perros, misma belleza, mismo giro a la derecha y mismo regresar por el parque. Un calco con igualdad de placer que la experiencia original.

Mientras esperaba por ella, los cigarrillos parecían desaparecer entre mis manos.

Decidí quedarme en el pueblo. Encontré hotel y dije que estaría por una semana.

Los subsiguientes días todo se repitió. La echaba de menos cuando viraba a la derecha y me regocijaba cuando la veía aparecer desde el parque. Solo cambiaba la ropa que portábamos y mi sitio de espera, pues procuraba no situarme siempre donde mismo, cosa de no asustarla, si acaso llegaba a notarme.

El fin de semana no la vi y esa punzada hiriente que se produce al extrañar, no me dejó en paz, por lo que decidí regresar a casa y hacer arreglos para volver al pueblo por más tiempo.

Pasaron tres días desde mi regreso a aquellas particulares calles, en los que repetimos nuestra rutina, y me dije que era momento de arriesgarme. La encararía. Le contaría los motivos por los que la vi la primera vez y cómo había quedado esclavo de su presencia. Quizá se asustara, pero tendría paciencia para explicar. Después de todo, aquello se antojaba una bonita anécdota que compartiríamos a futuro.

Me puse mis mejores ropas y fui a la misma hora, a la misma calle. La vi salir con sus perros, quienes jugaban como lo hacían siempre, y portando consigo su cadente caminar.

Dejé que se alejara un poco y me dispuse a seguirla, para enfrentarla con su destino cuando llegara al parque, porque rodeada de gente quizá no sentiría temor.

Avanzó unos pasos más y giró a la izquierda.

¡¿A la izquierda?!

Retrocedí mis pasos hasta el hotel. Tomé mis cosas y de noche abandoné el pueblo para no volver jamás. Después de todo, la recuperación de aquel dinero solo me interesaba por orgullo, y soy perfectamente capaz de tragármelo.

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