Puros cuentos... y relatos

A diario

Abrió los ojos y en  acto reflejo se sentó en la cama, con los pies en el suelo. Como siempre, se había anticipado a los gallos que anunciaban el amanecer. Encendió la radio que acompañaba su rutina matutina, escuchando clásicos de los años sesenta. Al poco estaba bajo el agua fría, tomando un baño tal cual hizo siempre.

Se ajustó los pantalones anchos de cintura y abrochó hasta el último botón de su impoluta camisa. Los zapatos bien lustrados y un raído sombrero que le acompañaba desde hace años, porque ya no los hacen como antes.

La luz se presentaba apenas tímida cuando salió de casa. Cerró con llave y comenzó la diaria caminata por aquellas calles de polvo y piedra, hacia las afueras del pueblo.

Tras los primeros pasos se topó con doña Graciela, quien para entonces ya colocaba el mantel sobre una mesa que sostendría la oferta de panes con frijol y café, que con suerte la proveerían del sustento de aquel día. Como siempre le dio los buenos días e inició el dialogo de siempre, sin que don Beto detuviera sus pasos:

—¿Y hoy hacia dónde se dirige, don Beto? —preguntó por cortesía y no porque en realidad deseara la respuesta.
—Como siempre, doña Graciela, a donde los pasos me dirijan.
—Ojalá sus pasos sean sabios.
—Ojalá hoy sí lo sean, ¡Que tenga buen día!

Su gesto de cortesía dejaba en pausa la charla hasta el día siguiente, si acaso el tal aparecía para ambos.
A sus 79 años, su andar era lento, pero su postura se mantenía erguida, gallarda. Nunca veía para abajo y más bien se mostraba altanero, como quien se sabe dueño del miedo ajeno, pero su sonrisa, siempre presta, daba al traste con el personaje.

Conocía de memoria los perros callejeros que se acercarían como brindando un saludo por educación, y a los que seguirían de largo como si los humanos no existieran. También reconocería los rostros de niños y el de aquellos a quienes el tiempo iba arrancando sus facciones infantiles.

Don Beto era una personalidad en su pueblo, no por algún logro alcanzado o algún puesto ocupado, era de las personalidades que se crean solo por la fama de saber que existe. Todos le conocían, todos sabían su historia, y todos estaban enterados de sus caminatas diarias y el objetivo de las mismas.

Durante los dos primeros kilómetros se toparía al menos con dos “¡Buenos días don Beto!” más, o con tres, si aquella era una mañana particular.

Luego enfrentaría el camino solitario, dejaría atrás las manzanas pobladas, la gente yendo y viniendo y el despertar de la sociedad, para dar de frente con el suplicio de estar consigo mismo, mientras alcanzaba, exhausto por el esfuerzo, su objetivo: la vieja y abandonada línea de tren, otrora dadora de progreso, prosperidad y modernidad.

La condición climática nunca fue una excusa. Ni calor ni lluvia le detenían. Incluso se cuenta de una ocasión que, aguerrido, luchó contra el viento que llegó violento y de inesperada visita al pueblo. La gente corrió a refugiarse, don Beto no se inmutó, ni dudó siquiera por un instante, continuar con su rutina.

Al llegar se para sobre uno de los durmientes —siempre el mismo— y ve hacia el norte, donde puede contemplar cómo la flora se va adueñando del sitio.

Con la poca elegancia que los años le permiten, se queda esperando hasta por cuatro horas, hasta que las piernas duelen y las rodillas parecen flaquear, momento en el que maldice porque el tren de nuevo no vino, y emprende el viaje de regreso a casa, ahora sin la sonrisa, ahora sin los buenos días, ahora tratando de evitar todo contacto humano, para llegar con su rabia intacta a su hogar, sin perder tan siquiera un poca de ella.

Hace 37 años, Marta, su entonces esposa, le despertó temprano, con las maletas hechas y con la noticia de que le abandonaba. Beto rogó, como ruega por volver a ver, aunque sea por un instante, el rostro amado, quien ha perdido la vista. No hubo caso. Marta estaba decidida y solo alcanzó a conceder que le acompañara a la estación de tren.

Beto fue testigo de cómo aquella máquina infernal se llevaba a Marta y le destrozaba el gusto por vivir. Pero vivir se puede aunque todo sea insípido, y así estuvo por años hasta que un día decidió que era suficiente y que quería acabar con su existencia.

Tomó su pistola y decidió que haría una vez más aquel recorrido de cuatro kilómetros hasta la estación, para rememorar aquella dolorosa partida y terminar de nuevo, donde terminó su vida por primera vez.

Pero, cuando estuvo en la estación, para entonces abandonada porque el gobierno hizo caminos y el tren dejó de ser una opción rentable para los corruptos que dirigían el proyecto, sintió que algo faltaba, y era el estruendoso ruido del andar del motor y de las ruedas del artefacto al que vio perderse en el horizonte.

Entonces maldijo y se dijo que solo aquella era la forma correcta de acabar con su vida.

Desde entonces va todos los días y se para en medio de las líneas del tren, esperando que alguien decida que es buena idea despertar a aquel monstruo de metal, capaz de arrancar las vidas de unos de la de otros, esperando que sea capaz de arrancarle la propia.

Anuncios

2 comentarios en “A diario”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s