Puros cuentos... y relatos

El Paquete

Ya era de noche cuando volvió a su apartamento. Aventó su bolso al sofá y se desparramó en un sillón que daba hacia la ventana, desde donde podía contemplar la ciudad y el enjambre de luces que parecían ensayar, por separado, para la presentación de una majestuosa coreografía.

A Sofía le gustaba esa sensación de poder y soledad, que le daba la altura de su mirador personal, porque la volvían a su realidad de mujer trabajadora, ya entrada en años, que había renunciado a las obligaciones pertinentes a su género, por lo que nunca tuvo esposo ni hijos, y que le hizo apostar todo al respecto de su individualidad y a su éxito como persona, olvidando rescatar, de todo aquello, algo de placer para su consumo propio.

Más que el hambre, fue la rutina de preparar la cena lo que la hizo levantar. Al pasar por el comedor notó que sobre la mesa había un pequeño paquete. Extrañada, se cuestionó cómo podría haber llegado hasta ahí, pero antes de entrar en pánico, concluyó que, si alguien le quisiera hacer daño, mientras contemplaba la ciudad hubiese sido el momento perfecto. En el paquete se leía su nombre y dirección, así que no había duda que solo el contenido era la intención.

Sin darle importancia, dejó el paquete en el sofá, junto a su bolso y fue a preparar la cena. Nada muy elaborado: algo para el microondas y café.

Como de costumbre tomó su bolso para irse a acostar, en esta ocasión también el paquete. Se cambió de ropa, se alistó para dormir y, antes de prender la televisión de su habitación, tomó el inesperado objeto. No es que no tuviera curiosidad, pasa que la falta de emociones hace que cuando se tienen una, se procure hacerla durar. Sofía sabía que luego de abrir el paquete, la intriga desaparecería y solo restaría volver a su vida de siempre.

Abrió el paquete y dentro encontró sobres numerados, del 1 al 25. No le costó mucho deducir que aquello tenía la intención de presentarse en orden.

Tomó el sobre número uno y dentro encontró un papel que decía: “¿Recuerdas?”, que acompañaba a una foto de ella, en su fiesta de cumpleaños, de cuando cumplió siete. En la foto está más bien enojada. Recordó que no quería la fiesta y que el regalo que le dieron no fue el que había solicitado.

La puso a un lado y tomó el sobre número dos. El papel decía “¿Quizá te acuerdes de esta ocasión?”. La fotografía de junto era de cuando se alcanzó su título de estudios medios. No estaba satisfecha con el peinado que le habían hecho y el acto de entrega del diploma le parecía fútil.

La tercera foto fue tomada por una amiga, el día que terminó con Rafael, su entonces novio, porque él hablaba de un futuro juntos.

Sofía entendió la idea. Alguien, carente de buenas intenciones, seguramente por maldad, había tenido la mala idea de contarle su propia vida, en fotografías. ¡Su triste y patética vida! En ninguna de las fotografías sonreía y ninguna de las fotografías le representaban un recuerdo que ella atesorara con gusto o añoranza.

Las lágrimas vieron una oportunidad de brotar y, aunque no estaban acostumbradas, no la desperdiciaron.

En otra fotografía estaba en el escritorio de su primer trabajo. De esa no se acordaba, aunque recordaba el lugar y el momento. Otra del día de la boda de una amiga del trabajo, que más que amiga era compañera, y quien no había podido evitar el compromiso social de invitarla, como ella no pudo evitar el de asistir.

Las fotos se sucedían en perfecto orden, y Sofía, con sorpresa y algo de temor, notó que no fueron fotos de las que ella estuviera consciente. Muchas eran como escenas arrancadas de su vida.

Momentos en un bar, cuando le entregaron reconocimientos, cuando obtuvo ascensos, cuando despreció el interés de algún hombre por ella. Toda su vida y ni una sonrisa.

El tiempo pasaba y no le importaba. Con cada fotografía se tomaba un largo tiempo para recordar, para revivir, para lamentar o para despreciar. Cada sobre contenía un viaje a sus emociones, esas que tan bien ocultaba y que habían encontrado, esa noche, el momento ideal para salir a jugar. Sofía se desconocía sintiendo, y se dejaba llevar en ese baile frenético, carente de ritmo.

Tomó el sobre número 24 y lo abrió. Dentro estaba una foto del día anterior. Había tenido una fuerte reunión con uno de sus subalternos que más tiempo llevaba en la compañía. No le gustó el tono que éste usó ni la excusa presentada ante un inconveniente que tuvieron. Ahí mismo le despidió. Le acompañó a la salida de su oficina y se recostó en el marco de la puerta viendo cómo él se marchaba. Esa era la fotografía. Ella, elegante, recostada, viendo a aquella vida partir hacia la incógnita.

“Si la nueva foto es de ahora mismo que lloro, me dará algo”, pensó, viendo hacia todos los rincones de la habitación, mientras tomaba el último sobre.

La fotografía mostraba a una señora ya mayor, cuya cabellera estaba adornada con algunas canas. Usaba anteojos y estaba sentada en el mismo sillón desde donde Sofía contempla la ciudad todas las noches.

Logró reconocerse. Es ella varios años después, envejecida, y con… con una enorme sonrisa.

La nota adjunta dice: “Lo lograste”.

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