Caldo de Res

El comedor estaba a media luz, no recuerdo si porque la iluminación era mala o porque mis padres habían decidido que aquel era un gasto con el que tenían que tomar precauciones extremas. Sentado a la mesa solo quedaba yo. Yo y el odioso caldo de res que mi madre había preparado, consciente de que en aquel almuerzo la pasaría mal conmigo. Una de dos: a mi madre le gustaba mucho el caldo ese y aceptaba pagar el precio del disgusto o le gustaba quedar exhausta después de cantarme, de mil colores distintos, lo mal agradecido que era porque permitía que mi gusto, o como ella decía, mis mañas, tuvieran prioridad sobre todos aquellos niños que no tenían qué comer. Yo pensaba que era más efectivo echarme en cara el dinero que, de por sí escaso en casa, tenían que gastar mis padres para poner comida en mi plato, pero se ve que a los adultos les gusta creer que los niños ven las cosas como adultos y que para éstos la cara de un niño con hambre siempre da buenos resultados.

Yo movía el líquido, que cada vez se hacía más viscoso, con la cuchara, por centésima vez. Y es que el problema no era el caldo, el problema era que, a sabiendas de que no querría comer verdura, me deshacían la papa, el güisquil y el güicoy, convirtiendo aquello en un puré imposible. Mi madre pensaría que así no me daría cuenta y que lo comería sin problema, porque, ella tenía claro, que lo mío no era que no me gustara, era maña. Y de todos es sabido que la creencia de una madre es palabra santa.

La orden clara, directa y amenazadora fue no levantarme de la mesa hasta que no terminara, pero mi tiempo en realidad era limitado. El caldo de res, si no se lo come caliente, se vuelve sebo, se pone tieso y ya no puede comerse, no de forma decente al menos. Por eso lo movía, tratando de dilatar aquel inhumano y natural proceso.

Desesperanzado, buscaba lugares donde poder esconder algo de la comida, pero debajo del mantel solo se alcanza a poner una, acaso dos tortillas, si se tiene cuidado de no amontonarlas y jugar con las distorsiones provocadas por los centros de mesa. No había macetas cerca, ni servilletas que estuvieran prestas a auxiliarme. Atormentado y presionado por el peso de la desesperanza, alcancé a escuchar un sonido que me volvió a la vida, porque ningún niño tiene vida sentado a deshoras en la mesa de un comedor.

Un ronquido. Uno fuerte y claro, que no daba opción a duda, y que venía del cuarto contiguo, la única habitación de aquella vivienda que contaba solo con ese lugar, el comedor y una cocina con una pila que servía para dividir estos dos últimos ambientes.

Hacia la habitación no había puerta y el espacio de cruce no era el pequeño, ni normal. Desde el cuarto podía verse, casi en su totalidad la cocina, pila incluida. No podía cruzar aprisa, tenía que asegurarme que aquel ronquido de mi madre era de un sueño profundo. Con cuidado de no hacer el menor ruido, ni con la silla, ni con mis zapatos, ni con la cuchara, me puse de pie. Anduve en puntillas y me acerqué al final de la pared. Asomé el rostro, solo lo necesario para que mi vista alcanzara a ver a mi madre, sabiendo que si me veía era hombre, o más bien, niño muerto. Ella dormía y estaba recostada hacia el otro lado, le daba la espalda a la cocina. La fortuna me sonreía.

Regresé con la misma precaución hasta mi plato. Tomé la cuchara y la puse sobre el mantel —no me podía permitir que la cuchara hiciera ruido con el plato—. Levanté el trasto que contenía aquel líquido viscoso que tantos problemas me dio durante mi niñez, y caminé con cuidado hasta la pila. Despacio, sigiloso, con temple. Cuando estuve cerca de la habitación volteé a ver de nuevo —es mejor ser precavido—. Mi madre seguía igual.

Más confiado, pero con la misma precaución, me acerqué a la pila y comencé a vaciar el trasto, despacio para que no hiciera ruido. Oh qué dicha ver aquella representación de mi penuria, irse por el caño, desparramarse sobre el cemento que lo orillaba a salir de casa, despreciado. Luego un poco de agua, pensé, para no dejar pistas, y el plato en la mesa, para que quede de evidencia de que terminé todo, aunque me regañen por no recogerlo —aquel era un regaño menor.

Saboreando mi victoria, fui interrumpido por un ruido seco, fuerte, amenazador, que provenía de un golpe dado a menos de un metro de distancia. En mi reflejo alcancé a ver el punto blanco que el tacón del zapato rojo de mi madre dejó en la pared. Y luego el altisonante regaño de ella acusándome de estar tirando la comida. Los gritos de patojo esto y patojo aquello retumbaban por las paredes de aquellos tres ambientes. Yo volteé sabiéndome condenado:

—Pero mami —dije— solo estoy levantando el plato porque ya terminé.

—¡¿Cómo que ya terminaste?! ¡Vení para acá! ¡…!

Aquella tarde aprendí tres cosas: que las madres tienen ojos en la espalda; que los zapatazos de las madres siempre dieron con el tacón en la pared, a menos de un metro de distancia de la cabeza de uno; y que quizá debí tomarme el caldo cuando aún estaba caliente.

Diálogo, 5 de septiembre, 2016

—He decidido convertirme en escritor.
—¿Ahora te gustan las letras?
—No. Es que necesito relajarme.
—Escribir no tiene nada que ver con relajación. Más bien escribir te estresa, te altera, juega con tus emociones. Encima tenés que estar pendiente del lugar correcto de una coma, de un silencio, de no caer en incongruencias. Y, por supuesto, te tenés que estar juzgando para procurar que lo que escribás en realidad diga algo.
—¿Entonces por qué escribís vos?
—Porque me gusta.
—¡Naaa! ¿Sólo por eso?
—Bueno, no sé. Capaz es que me engaño creyendo que tengo algo importante que decir.
—Engañarse a sí mismo ha de ser desestresante. Total uno ya sabe que todo es mentira.
—¿Sabes qué? ¡Dedicate a escribir un diario personal, mejor, y dejáme en paz!

Prólogo

Indagando entre notas viejas, encontré un texto que escribí mientras debatía en mi interior sobre la importancia de añadir o no un prólogo a uno de los libros que publiqué. No recuerdo a cuál y no tengo intención de hacer cuentas con la fecha del documento y fechas de publicaciones, no porque sea difícil ni porque la pereza me gane, sino porque para compartir el mismo es un dato harto irrelevante.

Sin más les dejo el texto:

La etimología de la palabra me hace pensar que para ciertas obras es casi menester incluirle. Ha de ser por eso que me declaro fan de escribirlos, aunque me cuesta decidirme a darles vida en mis trabajos.

Quizá es que se escriban para evitar preguntas incómodas, si en el mismo se incluyen claves y datos importantes para la obra. En cambio si es una cháchara interminable de sinsentidos que llenan espacio y procuran intelectualidad, son un desperdicio.

No es una regla pero es bastante común que cuando un autor llega a consagrarse deje los prólogos para otros. Lo que me lleva a una conclusión: debería seguir practicando en caso de no llegar a ser un autor reconocido, que por simple regla de tres, es lo más seguro, pues yo mismo habré de dedicarme a esta tarea. Tarea que no es pesada pero en cambio sí intimidatoria. Por otro lado puedo pecar de optimista y pensar que puede llegar el momento en que no sea más yo quien “prologuée” mis textos, en cuyo caso he de aprovechar las oportunidades que vaya teniendo.

Al final, confieso, decidí no escribir un prólogo que justifique la obra, sino uno que se justificara a sí mismo. Porque estas líneas, tal como son las historias que componen el texto, no son más que otro intento por comunicarme con el lector, para tratar de hacerle partícipe de ese mundo extraño al que mis ideas, dudas y certezas dan forma y al que tomaron por hogar.

Un prólogo (del griego πρόλογος prologos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’)”

Quiero pensar que tal es la forma en que quienes gustamos de escribir, jugamos. Al menos es la mía.

Saludos

Diálogo 13 de junio, 2016

—¿Qué pensás de la gente que se pide un Big Mac, papas fritas y Coca Cola Light?
—No pienso nada en particular.
—¿No te parece gracioso y hasta tonto?
—Lo que me parece digno de mofa es que la gente siga burlándose de algo así.
—Pero es gracioso.
—Lo que es gracioso es que la gente no se tome dos minutos para meditarlo: un Big Mac, unas papas fritas y una Coca Cola suman, más o menos, 1050 calorías. Con una Coca Cola Light o una Coca Cola Zero el total es aproximadamente de 840, sin contar que la Coca Cola regular aporta, al menos, unos 40g de azúcar al cuerpo… No importa cómo lo veas, no tomar la Coca Cola regular es mejor.
—Pero… pero…
—Además conozco gente a la que le importan muy poco las calorías, simplemente les gusta más el sabor.
—Seguro mienten.
—Como se mienten a sí mismos aquellos que repiten una y otra vez un chiste que piensan que es gracioso, solo porque otro piensa lo mismo.
—Tu sentido de humor es extraño.
—Tu sentido de humor es ordinario… prefiero extraño.

Media Maratón Cobán 2016 – Crónica

Cuando me enteré que las inscripciones estaban abiertas, no lo dudé. De renegar y hablar en contra de todo lo que tuviera que ver con atletismo, en especial de correr –Todo deporte precisa un balón, sostenía–, pasé a entusiasmarme con esto último, y la sola idea de terminar la Media Maratón de Cobán se me hacía tan apetecible, como inconcebible, sobre todo de unos seis meses para atrás.

El sábado 21 de mayo llegué a Cobán, prácticamente sin preparación alguna. Gripes y lesiones se encargaron de que no pudiera hacer los kilómetros que debería haber llevado.

Adivinaba desorden, pero no fue tal, la entrega del kit fue relativamente sencilla y tras recogerlo fui en busca de un lugar donde comer Kaq-ik –porque eso se debe comer en Cobán– y luego en busca del hotel.

Gracias a desfiles, lluvia y festejos, llegué tipo 7:30pm al hotel. Un rinconcito perdido por San Jerónimo, atorado de sapos y mosquitos, que con esmero procuran que uno no duerma nada. En donde son más las promesas de los servicios que lo que realmente ofrecen.

Luego de meses de espera, llegó el día de la carrera

3:30am: Hora de levantarse. Mi inexperiencia me hizo atrasarme con la reserva del hotel, Según yo con tres meses de anticipación era suficiente, pero estaba equivocado. Me tocó quedarme a una hora y cuarenta y cinco minutos de distancia –comprobé la distancia en mi regreso, a la noche, desde Cobán, después de recoger el kit–, por lo que toca madrugar, con tal de llegar con buen tiempo.

6:10am: Accidente en carretera. Según Waze estoy a 10 minutos de llegar a Plaza Magdalena, que es el punto de salida. Maldigo mi suerte, pero no tardo en pasar. Me disculpo con mi suerte por el exabrupto.

6:25am: Encuentro parqueo rápido en un buen lugar. Quizá es un buen día.

7:05am: Llego a mi corral de salida. No me pusieron en el último. Agradezco el gesto y me mofo del exceso de confianza de los organizadores, en mi persona.

7:28am: Las nubes nos hacen el favor de contener al sol. Saldremos con ventaja. Todo está a punto de iniciar. Nadie escucha a los anfitriones que son ignorados una y otra vez en sus dinámicas para alegrar a los asistentes. Quizá es que son muy malos animadores, Nelson Leal ha perdido el toque o todos pensamos solo en correr.

7:29am: El sol, como el caballero educado que es, hace su aparición. Las nubes se disipan y el castigo a la temperatura corporal da inicio.

Faltan unos segundos para salir. He calentado lo que caliento siempre que es casi nada. La lesión en el pie está presente, saldré con ella. Se llama Fascitis Plantar, que lo he descrito como si con el talón del pie uno fuera pisando un cinco (canica) en cada paso. Duele.

7:30am: La carrera inicia. Para mí iniciará unos minutos después, cuando alcancemos el punto de partida. Mientras voy caminando con la esperanza que el dolor en el talón desaparezca. Ese padecimiento se caracteriza por esfumarse cuando el tendón se relaja, y eso ocurre luego de dar algunos pasos corriendo o caminando.

7:34am: Doy inicio a la aplicación de mi celular que medirá mi desenvolvimiento en la carrera y con la que presumiré en redes sociales, so pena de la gente a la que le cae mal que uno publique y publique.

Empiezo a correr. El dolor no se fue.

Km 1: Estoy enojado por olvidar la rodillera. Con el dolor del pie tendré que ajustar el movimiento y eso hace que la rodilla juegue mal. Estoy en aprietos.

Km 2: Pienso que quizá debería retirarme, pero la sola idea duele en la dignidad y eso no se compara con un dolor de pie. Estoy en esa edad en donde no se es lo suficientemente joven para derrochar fuerza y en donde no se es lo suficientemente viejo para inspirar lástima o ternura. Sigo en aprietos.

Km 3:  Me dan una bolsa de agua. No suelo tomar al inicio de la carrera, pero mi preparación para Cobán ha sido tan mala que temo por la deshidratación. Al final me echo casi toda el agua en la cabeza.

Km 4: El dolor del pie desaparece. Queda en su lugar una molestia que no pretende estorbarme, solo recordarme que el problema está ahí.

Mi tiempo, hasta el momento, es malo. No importa, me digo, tengo que guardar energía para el final.

Del otro lado de la calle ya vienen unos corredores de regreso, esos que corren como si no tocaran el suelo. Según yo van dos keniatas primero, en tercer puesto un guatemalteco. Le grito ¡Vamos! Seguramente no me escuchó.

Km 5: Aparece la primera subida importante. Nadie parece detenerse y no puedo ser el primero. Es empinada pero no muy extensa. La doblego y por primera vez, en muchos días, pienso que me puede ir bien en la carrera.

Una buena persona, a la orilla del camino, regala agua. Está al tiempo, casi caliente. Agradezco igual pero no será agradable. La llevo para poder digerir mi primer gel energético.

Km 6: El gel es de un sabor que no he probado, sandía y algo más, creo. No está mal. El agua caliente no sabe bien, pero funciona. Mi plan original era tomarlo al kilómetro 8, pero el calor me da miedo.

Logro rebasar a uno que encuentro siempre en las carreras. Corre ataviado como si estuviera corriendo en el Sahara. Me cae mal por eso, o quizá solo me cae mal. Se me infla el ego.

Km 7: Un señor vestido de verde y de edad avanzada me rebasa. Hasta aquí llegó mi dignidad que tanto me preocupaba en el kilómetro 2.

Km 8: Me percato que llevo un par de kilómetros corriendo sin el dolor del pie, eso me alegra, pero me hace sufrir el contemplar la cuesta que tengo enfrente. Muchos ya caminan.

Km 9: Una mujer indígena anima desde un micrófono, saludando a los corredores por región. No escucho mucho porque ando audífonos. Debería agregar más música de AC/DC en el playlist que uso para correr.

Km 10: Lo he conseguido, mi primera meta era no caminar durante los primeros 10 kilómetros, porque eso lo he hecho muchas veces.

Mi verdadera carrera comienza ahora.

Los trabajadores de un Car Wash salen a rociarnos de agua con sus esparcidores. Agradezco el gesto y pienso que quizá mi reloj “inteligente” y mi celular “inteligente” hayan pasado a mejor vida.

Si logro terminar la cuesta quizá logre llegar… Sobre todo si es bajada… y voy rodando.

Km 11: Es el kilómetro más aburrido de todos… es casi plano. No todo puede ser perfecto.

Ahora anima uno del ejército. Desde el micrófono y a la orilla del camino hace sus comentarios. Qué heterogéneo el grupo de animadores de esta ciudad, pienso.

El gel de ahora es de cereza o intenta serlo.

Km 12: Un niño me rocía con el líquido que tenía en una botella de agua pura. Sospecho que es horchata. Mi primera reacción es considerar malvado al niño… si lo pienso con más calma, pienso que el niño es realmente malvado. ¡Un…! Debo calmarme.

Km 13: Más cuestas.

Un señor sostiene un rótulo que dice algo como: “Corran, corran, al final los espera una Gallo”. Me parece gracioso, pero estoy muy cansado para reír.

Km 14: Pienso que la gente que grita a los alrededores ha de estar igual o más cansada que yo. Creo que pienso eso por el calor.

Hay una persona repartiendo trozos de banano. Lo tomo, lo pelo y me lo como, porque pienso que me vendría bien no sufrir un calambre.

Vuelve el dolor de la planta del pie.

Paso tocando un cartel de esos que tienen dibujado un botón y que dicen “Toca para energía”. Siempre me pareció una pelotudez, pero una pelotudez muy tierna. Lo toco por agradecimiento.

Km 15: La gente reparte limón y no logro recordar si el limón era bueno para algo. Luego recuerdo que suelen dar naranjas al final de las carreras, ha de servir. Demasiado tarde, el limón quedó atrás.

El primer aviso de calambre llega sobre mi rodilla derecha. No me doblega, pero el músculo está tenso. Cualquier mal movimiento y será doloroso. Doy mis primeros pasos caminando, pegándome en la pierna.

Falta poco más de una cuarta parte para terminar la media maratón. En carrera los esfuerzos se cuentan en quebrados, no importa el denominador, siempre que no sea 21.

Km 16: En una tienda venden Tayuyos. Para entonces ya tengo hambre y quisiera parar a comer unos. ¡Los frijoles son lo más!

Corro pensando que si llego al 18 sin calambres habré mejorado mi marca de la MaxTott. En aquella los calambres aparecieron al 17.

También corro pensando que no soportaré la cuesta que tengo al frente.

El gel de ahora es el de siempre, de chocolate.

Recuerdo la frase “Un paso más es un paso menos”. No me da aliento y más bien empiezo a odiarla.

Km 17: No soporté la cuesta. A la mitad voy caminando de nuevo. El calor es insufrible. Ya hay menos gente animando a los costados, quizá por lo mismo. El tipo que me cae mal quizá me rebasó, no lo he visto, ya no importa.

Después de la subida me he propuesto no detenerme hasta el 18, porque no quiero calambre. Debo mantener la misma velocidad, una alteración en el ritmo o en el movimiento puede ser fatal para mi pierna.

Km 18: Nomas cruzarlo y el músculo se me ha puesto tenso de nuevo. Me acerco a una banqueta para pegarme en la pierna. Lo he hecho tan fuerte que me queda aguada y el músculo no cede. Debo seguir. Ahora corro con dolor y la pierna aguada. Escucho vítores en mi cabeza, nada halagadores.

He mejorado mi marca de calambres.

A media cuesta una señora, ya de edad, reparte banano. Pienso que me vendría bien, pero la señora lo entrega sin cáscara y en la mano. Maldita sea mi delicadez. Paso de largo sin recibir el obsequio, solo sonrío en agradecimiento.

Necesito un trasplante de pierna… o aprender a correr. Cualquiera de las dos cosas me vienen bien.

Km 19: Toca bajada. El músculo sigue molestando. Tengo que acercarme al arriate. Pongo mi pierna sobre un pequeño muro y dispongo a pegarme. Una espectadora me sugiere que alcance a un señor que lleva Cofal. Del otro lado del arriate aparece un señor que se está aplicando. Me regala y me dice que frote de abajo hacia arriba. No hay efecto, pero quizá después ayude. Debo seguir.

Km 20: En éste se alcanza la línea de salida, pero el final de la carrera está en el estadio. Una crueldad de los organizadores.

Un señor muestra sus dos medallas, mientras da gritos de ánimo: la del año pasado, una C, y la de este año, una O. Si se corren las cinco carreras consecutivas se podrá formar la palabra Cobán con las medallas que son piezas de rompecabezas. Si tengo suerte podré formar “OBÁN”, pero la O está en riesgo.

Tras cruzar la línea de salida camino otro poco. La respiración y las fuerzas no están del todo mal, es el músculo. No quiero calambre y debo guardar algo de fuerza para entrar al estadio, después de todo quizá aún haya cámaras de TV. Me alcanza para reír de mi ocurrencia.

Recuerdo las palabras de Murakami en su libro: “Vine a correr no a caminar”, qué bien que se leen, pienso, pero aplicarlo es otra historia.

Entro al estadio y, como siempre, parecen enormes cuando uno anda con 20 kilómetros a cuestas. Hay que recorrer la mitad de su diámetro y hay que hacerlo corriendo. Cualquiera entiende de caminar antes, pero no en los últimos 500 metros. Mi correr más se puede describir como una arrastrada de pies, pero estoy corriendo. Quizá si me esfuerzo logre entrar entre los primeros nueve mil.

Km 21: El lugar de la entrega de medallas y fruta está muy lejos. Ya no quiero moverme. Me duele todo.

Es momento de tomar fotos, reír, contar lo difícil que fue. Agradezco a mi familia, que me ha acompañado, por estar aquí y por apoyarme las semanas previas.

La rodillera no fue necesaria.

Tengo que hacer tres kilómetros de regreso del estadio hasta el parqueo. ¡Qué injusta es la vida!

*****

De toda la experiencia, aparte de la satisfacción y los dolores que ando, me han quedado dos cosas totalmente claras:

La primera es que seguramente no estoy hecho para este tipo de actividades y que debería considerar apartarme de ellas.

La segunda es que el próximo año buscaré hotel con más tiempo de anticipación.