Prólogo

Indagando entre notas viejas, encontré un texto que escribí mientras debatía en mi interior sobre la importancia de añadir o no un prólogo a uno de los libros que publiqué. No recuerdo a cuál y no tengo intención de hacer cuentas con la fecha del documento y fechas de publicaciones, no porque sea difícil ni porque la pereza me gane, sino porque para compartir el mismo es un dato harto irrelevante.

Sin más les dejo el texto:

La etimología de la palabra me hace pensar que para ciertas obras es casi menester incluirle. Ha de ser por eso que me declaro fan de escribirlos, aunque me cuesta decidirme a darles vida en mis trabajos.

Quizá es que se escriban para evitar preguntas incómodas, si en el mismo se incluyen claves y datos importantes para la obra. En cambio si es una cháchara interminable de sinsentidos que llenan espacio y procuran intelectualidad, son un desperdicio.

No es una regla pero es bastante común que cuando un autor llega a consagrarse deje los prólogos para otros. Lo que me lleva a una conclusión: debería seguir practicando en caso de no llegar a ser un autor reconocido, que por simple regla de tres, es lo más seguro, pues yo mismo habré de dedicarme a esta tarea. Tarea que no es pesada pero en cambio sí intimidatoria. Por otro lado puedo pecar de optimista y pensar que puede llegar el momento en que no sea más yo quien “prologuée” mis textos, en cuyo caso he de aprovechar las oportunidades que vaya teniendo.

Al final, confieso, decidí no escribir un prólogo que justifique la obra, sino uno que se justificara a sí mismo. Porque estas líneas, tal como son las historias que componen el texto, no son más que otro intento por comunicarme con el lector, para tratar de hacerle partícipe de ese mundo extraño al que mis ideas, dudas y certezas dan forma y al que tomaron por hogar.

Un prólogo (del griego πρόλογος prologos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’)”

Quiero pensar que tal es la forma en que quienes gustamos de escribir, jugamos. Al menos es la mía.

Saludos

Diálogo 13 de junio, 2016

—¿Qué pensás de la gente que se pide un Big Mac, papas fritas y Coca Cola Light?
—No pienso nada en particular.
—¿No te parece gracioso y hasta tonto?
—Lo que me parece digno de mofa es que la gente siga burlándose de algo así.
—Pero es gracioso.
—Lo que es gracioso es que la gente no se tome dos minutos para meditarlo: un Big Mac, unas papas fritas y una Coca Cola suman, más o menos, 1050 calorías. Con una Coca Cola Light o una Coca Cola Zero el total es aproximadamente de 840, sin contar que la Coca Cola regular aporta, al menos, unos 40g de azúcar al cuerpo… No importa cómo lo veas, no tomar la Coca Cola regular es mejor.
—Pero… pero…
—Además conozco gente a la que le importan muy poco las calorías, simplemente les gusta más el sabor.
—Seguro mienten.
—Como se mienten a sí mismos aquellos que repiten una y otra vez un chiste que piensan que es gracioso, solo porque otro piensa lo mismo.
—Tu sentido de humor es extraño.
—Tu sentido de humor es ordinario… prefiero extraño.

Media Maratón Cobán 2016 – Crónica

Cuando me enteré que las inscripciones estaban abiertas, no lo dudé. De renegar y hablar en contra de todo lo que tuviera que ver con atletismo, en especial de correr –Todo deporte precisa un balón, sostenía–, pasé a entusiasmarme con esto último, y la sola idea de terminar la Media Maratón de Cobán se me hacía tan apetecible, como inconcebible, sobre todo de unos seis meses para atrás.

El sábado 21 de mayo llegué a Cobán, prácticamente sin preparación alguna. Gripes y lesiones se encargaron de que no pudiera hacer los kilómetros que debería haber llevado.

Adivinaba desorden, pero no fue tal, la entrega del kit fue relativamente sencilla y tras recogerlo fui en busca de un lugar donde comer Kaq-ik –porque eso se debe comer en Cobán– y luego en busca del hotel.

Gracias a desfiles, lluvia y festejos, llegué tipo 7:30pm al hotel. Un rinconcito perdido por San Jerónimo, atorado de sapos y mosquitos, que con esmero procuran que uno no duerma nada. En donde son más las promesas de los servicios que lo que realmente ofrecen.

Luego de meses de espera, llegó el día de la carrera

3:30am: Hora de levantarse. Mi inexperiencia me hizo atrasarme con la reserva del hotel, Según yo con tres meses de anticipación era suficiente, pero estaba equivocado. Me tocó quedarme a una hora y cuarenta y cinco minutos de distancia –comprobé la distancia en mi regreso, a la noche, desde Cobán, después de recoger el kit–, por lo que toca madrugar, con tal de llegar con buen tiempo.

6:10am: Accidente en carretera. Según Waze estoy a 10 minutos de llegar a Plaza Magdalena, que es el punto de salida. Maldigo mi suerte, pero no tardo en pasar. Me disculpo con mi suerte por el exabrupto.

6:25am: Encuentro parqueo rápido en un buen lugar. Quizá es un buen día.

7:05am: Llego a mi corral de salida. No me pusieron en el último. Agradezco el gesto y me mofo del exceso de confianza de los organizadores, en mi persona.

7:28am: Las nubes nos hacen el favor de contener al sol. Saldremos con ventaja. Todo está a punto de iniciar. Nadie escucha a los anfitriones que son ignorados una y otra vez en sus dinámicas para alegrar a los asistentes. Quizá es que son muy malos animadores, Nelson Leal ha perdido el toque o todos pensamos solo en correr.

7:29am: El sol, como el caballero educado que es, hace su aparición. Las nubes se disipan y el castigo a la temperatura corporal da inicio.

Faltan unos segundos para salir. He calentado lo que caliento siempre que es casi nada. La lesión en el pie está presente, saldré con ella. Se llama Fascitis Plantar, que lo he descrito como si con el talón del pie uno fuera pisando un cinco (canica) en cada paso. Duele.

7:30am: La carrera inicia. Para mí iniciará unos minutos después, cuando alcancemos el punto de partida. Mientras voy caminando con la esperanza que el dolor en el talón desaparezca. Ese padecimiento se caracteriza por esfumarse cuando el tendón se relaja, y eso ocurre luego de dar algunos pasos corriendo o caminando.

7:34am: Doy inicio a la aplicación de mi celular que medirá mi desenvolvimiento en la carrera y con la que presumiré en redes sociales, so pena de la gente a la que le cae mal que uno publique y publique.

Empiezo a correr. El dolor no se fue.

Km 1: Estoy enojado por olvidar la rodillera. Con el dolor del pie tendré que ajustar el movimiento y eso hace que la rodilla juegue mal. Estoy en aprietos.

Km 2: Pienso que quizá debería retirarme, pero la sola idea duele en la dignidad y eso no se compara con un dolor de pie. Estoy en esa edad en donde no se es lo suficientemente joven para derrochar fuerza y en donde no se es lo suficientemente viejo para inspirar lástima o ternura. Sigo en aprietos.

Km 3:  Me dan una bolsa de agua. No suelo tomar al inicio de la carrera, pero mi preparación para Cobán ha sido tan mala que temo por la deshidratación. Al final me echo casi toda el agua en la cabeza.

Km 4: El dolor del pie desaparece. Queda en su lugar una molestia que no pretende estorbarme, solo recordarme que el problema está ahí.

Mi tiempo, hasta el momento, es malo. No importa, me digo, tengo que guardar energía para el final.

Del otro lado de la calle ya vienen unos corredores de regreso, esos que corren como si no tocaran el suelo. Según yo van dos keniatas primero, en tercer puesto un guatemalteco. Le grito ¡Vamos! Seguramente no me escuchó.

Km 5: Aparece la primera subida importante. Nadie parece detenerse y no puedo ser el primero. Es empinada pero no muy extensa. La doblego y por primera vez, en muchos días, pienso que me puede ir bien en la carrera.

Una buena persona, a la orilla del camino, regala agua. Está al tiempo, casi caliente. Agradezco igual pero no será agradable. La llevo para poder digerir mi primer gel energético.

Km 6: El gel es de un sabor que no he probado, sandía y algo más, creo. No está mal. El agua caliente no sabe bien, pero funciona. Mi plan original era tomarlo al kilómetro 8, pero el calor me da miedo.

Logro rebasar a uno que encuentro siempre en las carreras. Corre ataviado como si estuviera corriendo en el Sahara. Me cae mal por eso, o quizá solo me cae mal. Se me infla el ego.

Km 7: Un señor vestido de verde y de edad avanzada me rebasa. Hasta aquí llegó mi dignidad que tanto me preocupaba en el kilómetro 2.

Km 8: Me percato que llevo un par de kilómetros corriendo sin el dolor del pie, eso me alegra, pero me hace sufrir el contemplar la cuesta que tengo enfrente. Muchos ya caminan.

Km 9: Una mujer indígena anima desde un micrófono, saludando a los corredores por región. No escucho mucho porque ando audífonos. Debería agregar más música de AC/DC en el playlist que uso para correr.

Km 10: Lo he conseguido, mi primera meta era no caminar durante los primeros 10 kilómetros, porque eso lo he hecho muchas veces.

Mi verdadera carrera comienza ahora.

Los trabajadores de un Car Wash salen a rociarnos de agua con sus esparcidores. Agradezco el gesto y pienso que quizá mi reloj “inteligente” y mi celular “inteligente” hayan pasado a mejor vida.

Si logro terminar la cuesta quizá logre llegar… Sobre todo si es bajada… y voy rodando.

Km 11: Es el kilómetro más aburrido de todos… es casi plano. No todo puede ser perfecto.

Ahora anima uno del ejército. Desde el micrófono y a la orilla del camino hace sus comentarios. Qué heterogéneo el grupo de animadores de esta ciudad, pienso.

El gel de ahora es de cereza o intenta serlo.

Km 12: Un niño me rocía con el líquido que tenía en una botella de agua pura. Sospecho que es horchata. Mi primera reacción es considerar malvado al niño… si lo pienso con más calma, pienso que el niño es realmente malvado. ¡Un…! Debo calmarme.

Km 13: Más cuestas.

Un señor sostiene un rótulo que dice algo como: “Corran, corran, al final los espera una Gallo”. Me parece gracioso, pero estoy muy cansado para reír.

Km 14: Pienso que la gente que grita a los alrededores ha de estar igual o más cansada que yo. Creo que pienso eso por el calor.

Hay una persona repartiendo trozos de banano. Lo tomo, lo pelo y me lo como, porque pienso que me vendría bien no sufrir un calambre.

Vuelve el dolor de la planta del pie.

Paso tocando un cartel de esos que tienen dibujado un botón y que dicen “Toca para energía”. Siempre me pareció una pelotudez, pero una pelotudez muy tierna. Lo toco por agradecimiento.

Km 15: La gente reparte limón y no logro recordar si el limón era bueno para algo. Luego recuerdo que suelen dar naranjas al final de las carreras, ha de servir. Demasiado tarde, el limón quedó atrás.

El primer aviso de calambre llega sobre mi rodilla derecha. No me doblega, pero el músculo está tenso. Cualquier mal movimiento y será doloroso. Doy mis primeros pasos caminando, pegándome en la pierna.

Falta poco más de una cuarta parte para terminar la media maratón. En carrera los esfuerzos se cuentan en quebrados, no importa el denominador, siempre que no sea 21.

Km 16: En una tienda venden Tayuyos. Para entonces ya tengo hambre y quisiera parar a comer unos. ¡Los frijoles son lo más!

Corro pensando que si llego al 18 sin calambres habré mejorado mi marca de la MaxTott. En aquella los calambres aparecieron al 17.

También corro pensando que no soportaré la cuesta que tengo al frente.

El gel de ahora es el de siempre, de chocolate.

Recuerdo la frase “Un paso más es un paso menos”. No me da aliento y más bien empiezo a odiarla.

Km 17: No soporté la cuesta. A la mitad voy caminando de nuevo. El calor es insufrible. Ya hay menos gente animando a los costados, quizá por lo mismo. El tipo que me cae mal quizá me rebasó, no lo he visto, ya no importa.

Después de la subida me he propuesto no detenerme hasta el 18, porque no quiero calambre. Debo mantener la misma velocidad, una alteración en el ritmo o en el movimiento puede ser fatal para mi pierna.

Km 18: Nomas cruzarlo y el músculo se me ha puesto tenso de nuevo. Me acerco a una banqueta para pegarme en la pierna. Lo he hecho tan fuerte que me queda aguada y el músculo no cede. Debo seguir. Ahora corro con dolor y la pierna aguada. Escucho vítores en mi cabeza, nada halagadores.

He mejorado mi marca de calambres.

A media cuesta una señora, ya de edad, reparte banano. Pienso que me vendría bien, pero la señora lo entrega sin cáscara y en la mano. Maldita sea mi delicadez. Paso de largo sin recibir el obsequio, solo sonrío en agradecimiento.

Necesito un trasplante de pierna… o aprender a correr. Cualquiera de las dos cosas me vienen bien.

Km 19: Toca bajada. El músculo sigue molestando. Tengo que acercarme al arriate. Pongo mi pierna sobre un pequeño muro y dispongo a pegarme. Una espectadora me sugiere que alcance a un señor que lleva Cofal. Del otro lado del arriate aparece un señor que se está aplicando. Me regala y me dice que frote de abajo hacia arriba. No hay efecto, pero quizá después ayude. Debo seguir.

Km 20: En éste se alcanza la línea de salida, pero el final de la carrera está en el estadio. Una crueldad de los organizadores.

Un señor muestra sus dos medallas, mientras da gritos de ánimo: la del año pasado, una C, y la de este año, una O. Si se corren las cinco carreras consecutivas se podrá formar la palabra Cobán con las medallas que son piezas de rompecabezas. Si tengo suerte podré formar “OBÁN”, pero la O está en riesgo.

Tras cruzar la línea de salida camino otro poco. La respiración y las fuerzas no están del todo mal, es el músculo. No quiero calambre y debo guardar algo de fuerza para entrar al estadio, después de todo quizá aún haya cámaras de TV. Me alcanza para reír de mi ocurrencia.

Recuerdo las palabras de Murakami en su libro: “Vine a correr no a caminar”, qué bien que se leen, pienso, pero aplicarlo es otra historia.

Entro al estadio y, como siempre, parecen enormes cuando uno anda con 20 kilómetros a cuestas. Hay que recorrer la mitad de su diámetro y hay que hacerlo corriendo. Cualquiera entiende de caminar antes, pero no en los últimos 500 metros. Mi correr más se puede describir como una arrastrada de pies, pero estoy corriendo. Quizá si me esfuerzo logre entrar entre los primeros nueve mil.

Km 21: El lugar de la entrega de medallas y fruta está muy lejos. Ya no quiero moverme. Me duele todo.

Es momento de tomar fotos, reír, contar lo difícil que fue. Agradezco a mi familia, que me ha acompañado, por estar aquí y por apoyarme las semanas previas.

La rodillera no fue necesaria.

Tengo que hacer tres kilómetros de regreso del estadio hasta el parqueo. ¡Qué injusta es la vida!

*****

De toda la experiencia, aparte de la satisfacción y los dolores que ando, me han quedado dos cosas totalmente claras:

La primera es que seguramente no estoy hecho para este tipo de actividades y que debería considerar apartarme de ellas.

La segunda es que el próximo año buscaré hotel con más tiempo de anticipación.

Diálogo 10 de mayo, 2016

—Cuando pones los candados del local ¿empezás por el de arriba o por el de abajo?

—Por el de abajo.

—Mmm… eso significa que no sos una persona que vea hacia lo alto y que no pensás en grande. Que no ves más allá de lo que es en el ahora. Por el contrario, significa que sos de bajar la vista, que te conformás, que tenés miedo de emprender grandes proyectos.

—También puede significar que para emprender grandes proyectos inicio con las bases. Que me preocupo por los cimientos. Que soy realista y tengo los pies en la tierra y no sobre las nubes.

—Quizá todo dependa del ángulo desde donde se ven las cosas.

—Quizá todo dependa de que poner candados no tiene interpretación alguna.

—Contáme ¿Y cómo es tu firma?

—…

Diálogo 3 de mayo, 2016

—El fútbol es un sinsentido.
—Un sinsentido que atrae masas algo de sentido ha de tener.
—Piénsalo un momento, son adultos jugando a patear un balón ¡No es la gran cosa!
—Son personas pateando una pelota, y miles y millones alrededor, movidos por pasiones y sentimientos.
—No tiene ni pies, ni cabeza, ni sentido alguno.
—Tu incapacidad de entenderlo o la falta de tino de otro en explicarlo, no significa que no tenga sentido.
—¿Estás diciendo que todo aquello que no pueda entender tiene sentido?
—Estoy diciendo que nadie tuvo éxito peleando contra el fútbol.
—Pero alguien tiene que intentarlo.
—Sería mejor que lo intentara alguien que entendiera de fútbol.

Multirestaurante

Llegué acelerado, como vivimos todos los seres humanos después de los treinta, porque el día parecía tener menos horas y algo había que almorzar. Tras subir los tres pisos que me separaban del área de comidas, utilizando las gradas eléctricas, llegué al ruidoso lugar que huele a mezcla de culturas culinarias, en donde es imposible enamorarse de los platillos, pues el pollo resulta oliendo a queso parmesano, y la ensalada a tacos que destilan aceite. De cualquier forma me acerqué a un sitio a ordenar una pasta y, tras varios minutos de espera, recibí el plato y busqué una mesa dónde comer y dónde pasar los siguientes minutos que siempre saben a aburrimiento, como debe ser en un sitio así.

Nunca pasó nada interesante en un multirestaurante, porque para eso existen, para que uno coma y se largue a hacer vida interesante en otro lado. Lo más que pasa es que una pareja de nóveles se hagan novios o, lo más común, terminen su relación entre papas fritas y gaseosas. Así que allí nadie presta atención a nadie ni a nada, es la norma. Pero la señora pareció observarme desde que me iba a sentar. Digo pareció porque si me percataba antes de tomar asiento, hubiera simulado inconformidad con el lugar y me hubiera movido, pero para cuando me di cuenta, era tarde.

No me miraba como si estuviera interesada en mí, no era ese tipo de mirada, y está claro que mi falta de belleza da cuenta clara de que no estoy para impactar a nadie, ni siquiera a una señora que, con facilidad, pasaría los sesenta años y que encima, a priori, tendría la vista algo afectada por la edad.

Me seguía viendo y me ponía incómodo.

Estaba con otra un tanto más joven que no dejaba de ver su celular. No hablaban entre ellas.

Su mirada más bien parecía recriminar algo, como si me juzgara, como si quisiera decirme: “He, te acordás de mí y lo malo que fuiste conmigo”. Así que, nervioso como estaba, no tuve sino que pretender que miraba a todas partes, sin dejar de controlarla, y hacer memoria para saber si la conocía de un lado.

Tuve una novia a la que sus padres, en mal tino, llamaron Juana –un gusto para la feminidad que mata–. A fuerza de convencerme trataba de encontrarle alguna similitud con la que concluyera que fuera familiar de la señora. Es que a Juana la recuerdo con algo de vergüenza, fuimos novios, me quiso mucho, y yo la traté mal y encima terminé con ella, acusando a mi juventud, de manera mezquina y deseándole lo peor. Aún no sé por qué lo hice, quizá porque el nombre me irritaba. No quedaba bien nunca decir: “Te presento a Juana, mi novia”.

No conocí a la madre, pero quizá ella vio una foto y me reconocería a mí. Si así fuera entendería el odio y me uniría a ella. Quizá hasta le pediría una inservible respuesta.

Juana me siguió buscando tiempo después y yo la humillé cada que pude, le daba alas, la hacía creer, le daba un poco de mi tiempo y luego terminaba con ella de mala forma de nuevo. Y el ciclo se repetía y repetía.

Si la señora sabía eso estaba justificado que me viera así y que no me dejara disfrutar mi salsa boloñesa.

Juana me dijo la última vez que aceptaba que no fuéramos exclusivos. Estaba loca.

La mirada me seguía y a mí se me hacía complicado hasta ponerme la pajilla en la boca, como si tuviera cargo de conciencia de tomarme una Coca Cola. Qué incomodidad. Comía lo más aprisa que podía.

Buscaba recordar alguna referencia que me hubiese dado Juana cuando me acordé de Miss Rosa. A ella, luego de tener que aguantarme casi todo un año, le hicimos una broma que le costó el empleo. Tenía años en el instituto, pero hicimos creer que andaba con uno de nuestros amigos. Para cuando quisimos rectificar era tarde y no pudimos echarnos hacia atrás o nos expulsaban y perdíamos el año. Miss Rosa seguro hoy día me sigue odiando y, según los años que han pasado, y los ojos que tiran a gris… pudiera ser que… Los años son crueles y hay cambios físicos que son muy drásticos, sobre todo cuando se alimenta uno de amargura.

Estaba tratando de ajustar lo más que podía mi presente con los recuerdos cuando se pusieron de pie, primero la más joven y después ella. Me vio por última vez y se alejó hacia las gradas eléctricas. Desde donde yo estaba se podían observar y fui testigo de cómo me volteó a ver por última vez, ahora parecía con más odio, con reto, con desafío, como deseándome que el techo me cayera encima en ese mismo momento.

Ya no me quedaba mucho que hacer ahí, por la prisa con la que había comido. Esperé un par de minutos, quizá más, para dar tiempo que se fuera, y me retiré dejando todo sobre la mesa. Las ganas de ser cortés se le van a uno cuando se lo ve con odio.

Cuando iba llegando al primer piso vi que, a unos veinte metros de las gradas eléctricas estaban las dos señoras acompañadas de un adulto joven, grande tirando a gordo, con gorra, playera y pantalón de lona. Se notaba que era bastante más alto que yo y más fuerte también. Cuando toqué suelo me volteó a ver y la señora mayor me señalaba.

Quise salir corriendo pero pudo más el orgullo que se disfraza de hombría. Él venía como una locomotora, según yo a descargar su cólera de un golpe. Yo apreté la mandíbula dispuesto a aceptar el castigo que en el fondo creía merecer, no sin poner algo de resistencia, por supuesto.

Cuando estuvo cerca y de frente me dijo: ¿¡Vos por qué putas te le quedabas viendo tanto a mi mamá!?

Diálogo 7 de abril, 2016

—¿A qué te dedicas en la vida?
—A respirar.
—Claro, y a comer… a dormir…
—Hablo en serio. A la gente se le olvidó respirar de la forma correcta.
—¿Y cómo es eso?
—Despacio… Siendo consciente de la inhalación… Observando el mundo.
—Eso suena a mantras, meditaciones y esas cosas raras.
—Cosa rara es no darle importancia que merece a respirar. Deberías intentarlo.
—Lo haré, después de averiguar a qué te dedicas en la vida.